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viernes, 30 de mayo de 2025

 

LUCHAS POR LA ENERGÍA, LUCHAS POR EL PODER:

La energía como arma de guerra, dominación y resistencia en Palestina[1]

Zachary Cuyler[2]

Zachary Cuyler

El 8 de octubre de 2024, menos de 24 horas después de que Hamás llevara a cabo los ataques del 7 de octubre, Israel detuvo el flujo de energía a Gaza, reduciendo instantáneamente la disponibilidad de electricidad de 14 a 4 horas por día.

Al día siguiente, el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, declaró un "asedio total" a Gaza, incluyendo la electricidad, el combustible, los alimentos y el agua. Para el 11 de octubre, la central eléctrica de Gaza se había quedado sin combustible y dejó de producir electricidad por completo. El 12 de octubre, el ministro de Infraestructura Nacional, Energía y Agua, Israel Katz, declaró que la denegación de combustible, agua y electricidad continuaría hasta que Hamás liberara a sus rehenes.

Esta guerra contra la infraestructura ha provocado una catástrofe sin precedentes debido al papel crucial de la energía en la prestación de otros servicios esenciales: las plantas desalinizadoras agotaron su suministro de combustible en una semana, cortando el acceso de Gaza al agua potable, un resultado que Human Rights Watch ha calificado de deliberado y genocida.[3] Los hospitales carecían de electricidad para atender adecuadamente a las miles de víctimas que recibían. El sistema de alcantarillado quedó paralizado en menos de un mes.

Pero la capacidad de Israel para cortar el suministro eléctrico casi instantáneamente a los 2,2 millones de habitantes de la Franja de Gaza no es algo nuevo, sino el resultado de un prolongado modo de hacer política y de la construcción de un sistema energético centralizado, alimentado por combustibles fósiles y controlado por Israel. La dependencia energética palestina es fundamental para la dominación israelí sobre la vida palestina. Constituye una herramienta clave para las prácticas de explotación, expropiación, asedio, colonización y expulsión a las que los palestinos han estado sometidos durante mucho tiempo. Como ha argumentado Omar Jabary Salamanca, mediante su control de la electricidad y otros servicios esenciales, «el Estado de Israel puede crear posibilidades para la vida, pero también inducir el fracaso y la muerte».[4]

En la guerra contra Gaza posterior al 7 de octubre, la denegación del suministro energético y los ataques a la infraestructura energética por parte de las fuerzas israelíes han formado parte de una campaña más amplia para hacer que la Franja resulte inhabitable. El alto el fuego exigiría que las autoridades israelíes permitan la entrada de grandes cantidades de combustible a la Franja, junto con otras ayudas. Pero esta disposición es precisamente el problema: Israel probablemente conservará el control del flujo energético hacia Gaza, y los palestinos gazatíes, por lo tanto, seguirán siendo dependientes y vulnerables a las tácticas de asedio. Incluso si el fin de esta guerra supone el retorno a la fórmula de dos Estados, en lugar de una anexión formal, es imposible imaginar un Estado palestino operativo en tales condiciones.

Electricidad y desarrollo desigual durante el Mandato Palestino

El papel central de la electricidad en la colonización y el desarrollo desigual de Palestina se remonta al período del Mandato.

A principios de la década de 1920, las autoridades británicas otorgaron a la Compañía Eléctrica Palestina (Palestine Electric Company, PEC en sus siglas inglesas), dirigida por el ingeniero sionista ruso Pinhas Rutenberg, una concesión monopolística de 70 años para el suministro eléctrico en todo el territorio del Mandato. Jerusalén contaba con una concesión independiente, de propiedad británica, otorgada originalmente por los otomanos. Con el apoyo británico, la PEC construyó centrales eléctricas y montó una red de líneas eléctricas que conectaba instalaciones militares y zonas de denso asentamiento judío a la red eléctrica, estableciendo una relación duradera entre la infraestructura energética, la ocupación y la colonización.

La PEC realizó importantes inversiones en zonas de mayoría judía, suponiendo que disfrutarían de un mayor crecimiento económico y, por consiguiente, de una mejor clientela. Esta inversión facilitó nuevos asentamientos, lo que a su vez impulsó su expansión. La PEC también adquirió terrenos en torno a los emplazamientos designados para la construcción de presas hidroeléctricas y líneas eléctricas, incluyendo los fértiles valles de los ríos Jordán y 'Auja. Esto permitió la construcción de colonias judías que sirvieron como baluartes defensivos alrededor de la infraestructura de la PEC. Estas inversiones reforzaron el conocido patrón de asentamiento judío en forma de N, con líneas de alta tensión y nuevas aldeas que se extendían desde Tel Aviv, al sur, hasta Haifa, al norte, y el río Jordán, al este.

La PEC luchó por mantener su derecho exclusivo a la electrificación, impidiendo que los municipios árabes establecieran sus propios sistemas de red local, incluso en lugares que la empresa consideraba no rentables, como ha demostrado Fredrik Meiton.[5] Las comunidades palestinas que buscaban conectarse a la red de la PEC a menudo se toparon con resistencia y condiciones de explotación. La PEC se negó inicialmente a conectar la ciudad árabe de Nazaret a la red, por ejemplo, al determinar que no sería rentable. La empresa solo comenzó a suministrar electricidad a Nazaret bajo un novedoso acuerdo según el cual el municipio, y no la propia empresa, pagaría los intereses del capital recaudado para el proyecto.

Además, muchas comunidades árabes se negaron a conectarse a la red eléctrica por temor a impulsar la colonización de Palestina. Algunos que se oponían a la expansión de la PEC y a la política imperial británica llevaron a cabo sabotajes contra la red, dañando líneas eléctricas y generadores, lo que provocó apagones importantes. Sin embargo, a mediados de la década de 1930, la PEC había reducido la eficacia de los sabotajes añadiendo redundancia a la red.[6] La compañía también llegó a acuerdos con las élites locales para conectar comunidades árabes clave, como Tulkarem y Yenín, lo que hizo que más palestinos dependieran de la electricidad de la PEC. Aunque los rebeldes sabotearon regularmente la infraestructura de la PEC durante la Gran Revuelta Árabe de 1936-1939, la red eléctrica era para entonces lo bastante resistente como para soportar tales tácticas.

A lo largo de la década de 1930, la tendencia de la PEC a invertir más en infraestructura que abastecía al Yishuv,[7] en rápida industrialización, generó economías judías y árabes distintas y desiguales, aunque interconectadas. Al final del Mandato, el Yishuv constituía solo alrededor de un tercio de la población, pero consumía hasta el 90 % de la energía generada. Esta disparidad en el acceso a la electricidad reflejó, y contribuyó a generar, la desigualdad fundamental entre las comunidades árabes y judías que se desarrolló a lo largo del período del Mandato. También contribuyó a crear la apariencia de subdesarrollo árabe, que a su vez se utilizó para justificar una mayor colonización.

Dependencia forzada y resistencia después de 1948

La desigualdad de infraestructuras básicas que surgió a lo largo del Mandato persistió dentro del nuevo Estado de Israel en 1948. La extensión gradual de la red eléctrica israelí a lo largo de los territorios recientemente adquiridos fomentó la dependencia palestina del poder israelí.

Los palestinos se quedaron atrás en el acceso a la electricidad, mientras que los nuevos asentamientos judíos se conectaron a la red desde su inicio. La sucesora de la PEC, la Compañía Eléctrica de Israel (Israel Electric Company, IEC en sus siglas inglesas), tenía el monopolio de la generación de energía dentro de Israel, lo que imposibilitaba a los palestinos establecer redes independientes. En Gaza, las autoridades egipcias permitieron a los municipios comprar generadores y suministrar electricidad a sus poblaciones. En Cisjordania, anexionada a Jordania, se establecieron casi una docena de compañías eléctricas. La más grande fue la Compañía Eléctrica del Distrito de Jerusalén (Jerusalem District Electricity Company, JDECO en sus siglas inglesas), de propiedad privada, basada en una concesión de la ciudad en la era otomana, que abastecía a Jerusalén, Ramala, Belén y pueblos y aldeas vecinas. El resto de Cisjordania era abastecida por cooperativas a nivel de aldea o compañías municipales en ciudades como Nablus, Yenín y Hebrón.

Tras la conquista israelí de Cisjordania, Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán en la Guerra de 1967, el Estado israelí, la Agencia Judía y organizaciones internacionales de desarrollo, como USAID, realizaron importantes inversiones en infraestructura para nuevos asentamientos. Por otro lado, las aldeas palestinas que deseaban acceder a las redes de suministro eléctrico de la IEC o de Cisjordania a menudo tuvieron que reunir el capital necesario por sí mismas.

El período posterior a 1967 presenció un aumento en el consumo general de electricidad de los palestinos que vivían en la Palestina histórica. Sin embargo, persistía una profunda desigualdad. A mediados de la década de 1970, aproximadamente una cuarta parte de los palestinos que vivían en las fronteras de Israel anteriores a 1967, dos tercios de los palestinos de Cisjordania y tres cuartas partes de los palestinos de Gaza aún carecían de electricidad.[8]

Además, acceder a la electricidad tuvo sus consecuencias. Como ha observado Laleh Khalili, “después de 1967, los territorios ocupados se vieron obligados a depender de infraestructuras israelíes que podían apagarse con solo pulsar un interruptor…”.[9] En noviembre de ese año, Israel implementó la Orden Militar 159, poniendo la infraestructura eléctrica en los territorios ocupados bajo control israelí. Israel exigió a las compañías eléctricas palestinas que vendieran su electricidad a tarifas bajas fijadas por el gobierno. A diferencia de la IEC, estas compañías carecían de los subsidios estatales y las economías de escala para vender electricidad a precios fijos de manera rentable. Además, las autoridades de ocupación israelíes impedían con frecuencia que las compañías palestinas ampliaran sus instalaciones. Por ejemplo, las órdenes militares prohibían a los palestinos ensamblar nueva infraestructura eléctrica sin la aprobación de las Fuerzas de Defensa de Israel. En la mayoría de los casos, la aprobación no se obtenía a menos que se conectara a la red de la IEC. Dichas políticas hicieron que las compañías eléctricas palestinas no fueran rentables e impidieron nuevas inversiones, lo que facilitó que la IEC asumiera el suministro de electricidad en toda Cisjordania.

Mapa de Infraestructura Energética (2021)


En Gaza, la electrificación sostuvo la ocupación posterior a 1967 de múltiples maneras. El Estado israelí estableció que la IEC prestara servicio a los nuevos asentamientos y bases judías en el enclave, lo que allanó el camino para que la compañía comenzara a vender energía a sus municipios palestinos. La nueva infraestructura eléctrica alimentó instalaciones militares, iluminó calles para aumentar la visibilidad (y la vigilancia) y consolidó un patrón de desarrollo limitado y dependiente.

A finales de la década de 1970, solo unas pocas ciudades palestinas grandes, como Jerusalén, Nablus y Yenín, controlaban su propio suministro eléctrico. El gobierno israelí exigió que la JDECO abasteciera a los nuevos asentamientos e instalaciones militares de las Fuerzas de Defensa de Israel en Cisjordania, junto con un número creciente de palestinos, como parte de un acuerdo más amplio que le otorgaba nuevos clientes, pero le exigía reducir sus precios a los estándares israelíes. Además, se le negó a la empresa el permiso para ampliar lo bastante su capacidad de generación, lo que la obligó a comprar la mayor parte de su electricidad a la IEC para revenderla a tarifas bajas fijas. Este acuerdo eliminó las ganancias de la JDECO, interrumpió el servicio al impedir el mantenimiento y las reparaciones esenciales, y la endeudó con la IEC. La empresa se vio empujada a la quiebra y se vio obligada a subsistir gracias a préstamos de los países árabes.

A principios de la década de 1980, cuando el gobierno israelí dirigido por el Likud intentó (sin éxito) tomar el control de la JDECO en nombre de la IEC, desencadenó una ola de protestas y huelgas. La JDECO finalmente ganó un caso en el Tribunal Supremo israelí que rechazó la demanda de la IEC. Pero para 1986, la compañía solo generaba alrededor del 3% de su electricidad, comprándole el resto a la IEC, una caída masiva del 60% con respecto a la década anterior.[10] En el mismo año, la IEC absorbió los sistemas municipales de Nablus y Jenin y se hizo cargo de la prestación de servicios de la JDECO a las bases de las Fuerzas de Defensa de Israel y a los barrios y asentamientos judíos. Estos actos erosionaron aún más los ingresos de la compañía y profundizaron el control israelí sobre Jerusalén Oriental, lo que contribuyó al estallido de la Primera Intifada.

En una entrevista de 1983, el abogado y activista palestino Jonathan Kuttab señaló que «el agua y la electricidad se cortan regularmente como forma de castigo» en Cisjordania.[11] Cuando la Organización para la Liberación de Palestina declaró el establecimiento de un Estado palestino en 1988, las autoridades israelíes respondieron imponiendo un toque de queda y cortando el suministro eléctrico en todos los territorios ocupados durante la noche. Durante la Primera Intifada, los comandantes israelíes interrumpieron el suministro de electricidad y combustible a las comunidades palestinas durante horas o incluso días.

Los palestinos respondieron a la pobreza y dependencia energéticas de diversas maneras. Algunos aseguraron su propio suministro energético a nivel local. Los palestinos de Gaza, por ejemplo, adoptaron la energía solar en la década de 1970. Otros emplearon tácticas más beligerantes y militantes. En 1969, el Frente Popular para la Liberación de Palestina destruyó las líneas eléctricas que conectaban los nuevos asentamientos en el Naqab/Néguev con una central eléctrica en Ashdod, evocando acciones disruptivas previas durante la Nakba. Durante la Primera Intifada, los palestinos se negaron a pagar las facturas de electricidad y sabotearon la infraestructura de la IEC. Los palestinos percibieron correctamente estas prolongadas batallas por la energía como un aspecto fundamental de una lucha más amplia por la soberanía.

Oslo y una nueva arquitectura del poder

A pesar de la retórica de ese momento sobre la independencia energética palestina y la cooperación entre los sectores energéticos, el proceso de Oslo contribuyó a consolidar y profundizar la dependencia energética palestina de Israel.

El Anexo III de los Acuerdos de Oslo de 1993 preveía “la cooperación en los campos de la electricidad… [y] la energía”, incluyendo “la explotación conjunta de… los recursos energéticos”.[12]  Pero como han señalado Lior Herman e Itay Fischhendler, durante el proceso de Oslo “Israel veía la electricidad como un futuro instrumento de política exterior y quería controlar los procesos de producción y transmisión para preservar la dependencia palestina de Israel, incluso después de su independencia”.[13]  Aunque exageran la voluntad de Israel de aceptar la eventual soberanía palestina —y por lo tanto se equivocan al describir esto como una cuestión de política exterior en lugar de un aspecto de la ocupación continua— Herman y Fischhendler identifican correctamente cómo los acuerdos sobre infraestructura e institucionales de la era de Oslo fueron diseñados para mantener e intensificar la subordinación palestina.

El proceso de Oslo creó múltiples cuellos de botella que otorgaron a Israel el control sobre los flujos energéticos, financieros y otros flujos cruciales palestinos. Bajo Oslo, la IEC siguió siendo responsable de la mayor parte de la producción y transmisión de electricidad en Gaza y Cisjordania. Ante el temor de que la IEC no pudiera cobrar la deuda eléctrica palestina, los negociadores israelíes crearon un mecanismo para retener los ingresos aduaneros palestinos y los impuestos a los trabajadores migrantes palestinos cobrados por Israel. Los municipios con frecuencia no pudieron reembolsar a la IEC la energía que adquirían, acumulando una deuda significativa de la que la nueva Autoridad Palestina era, en última instancia, responsable. La Autoridad Palestina ha intentado utilizar contadores de electricidad prepago para trasladar esta deuda a los consumidores palestinos, especialmente en los campos de refugiados, donde los consumidores a menudo se niegan a pagar la electricidad.

La Autoridad Palestina realizó algunos esfuerzos para asegurar un grado limitado de independencia energética durante la era de Oslo. La planificación de una central eléctrica en Gaza, por ejemplo, comenzó en 1994. La central eléctrica de Gaza —terminada en 2002 y alimentada por diésel israelí importado y de alto coste— suministraba alrededor de dos tercios de la electricidad de la franja.[14] Pero, como señala Adam Hanieh, el Protocolo de París de 1994, que regulaba la relación de la Autoridad Palestina con Israel, otorgó a este último el control absoluto de todas sus fronteras exteriores.[15] Israel controlaba la importación de combustible destinado a la central eléctrica de Gaza y al resto de los territorios ocupados. Según el Banco Mundial, las terminales donde Cisjordania y Gaza recibían combustible carecían de instalaciones de almacenamiento, lo que hacía que los palestinos dependieran del suministro diario de empresas israelíes y, por lo tanto, fueran extremadamente vulnerables a los cortes de combustible.[16]

En 1999 se descubrió gas natural frente a la costa de Gaza. Este yacimiento, llamado Gaza Marine, podría haber proporcionado electricidad a bajo costo a partir de una fuente de combustible controlada por los palestinos. Sin embargo, aunque las autoridades israelíes consideraron la posibilidad de permitir que British Gas explotara Gaza Marine, e incluso comprar gas natural de este yacimiento controlado por los palestinos, Israel finalmente nunca permitió la explotación de este recurso.

En cambio, el período posterior a Oslo consolidó una profunda dependencia energética con Israel, en consonancia con una estrategia más amplia de fomentar la dependencia económica palestina en su conjunto, al tiempo que limitaba la soberanía palestina. Para el año 2000, más del 99% de los palestinos en Cisjordania y Gaza tenían acceso a electricidad controlada fundamentalmente por Israel, e Israel continuó instrumentalizando esta dependencia.[17]

Durante la Segunda Intifada, Israel interrumpió sistemáticamente la entrada de combustible a Gaza para su central eléctrica. Las fuerzas israelíes también atacaron directamente las infraestructuras energéticas palestinas. Durante las incursiones, el ejército israelí destruyó sistemáticamente el alumbrado público y cortó el suministro eléctrico a los barrios palestinos, para poder operar al amparo de la oscuridad. Los ataques a instalaciones médicas dañaron generadores, interrumpiendo los servicios de salud. Según un informe del Banco Mundial de 2002, en Hebrón «los transformadores eléctricos fueron acribillados a tiros en gran número y de manera constante, causando frecuentes cortes de energía...».[18] La Autoridad Palestina de Energía estimó que las fuerzas israelíes fueron directamente responsables de la destrucción de infraestructura eléctrica por valor de 15 millones de dólares entre 2000 y 2003, aunque esta cifra probablemente subestima el verdadero costo de tales tácticas, dada la gran importancia de la energía para la vida económica.[19]

Ocupación por “control remoto”

Desde Oslo y la evacuación de los asentamientos israelíes de Gaza en 2005, el control sobre la energía y otras infraestructuras críticas, junto con el uso del poder aéreo, ha permitido a Israel participar en lo que Salamanca ha llamado una ocupación “por control remoto”.[20]

Tras la victoria de Hamás en las elecciones parlamentarias palestinas, su toma del control de Gaza y la captura del soldado israelí Gilad Shalit en 2006, las fuerzas israelíes bombardearon la central eléctrica de Gaza, impidiendo así la atención médica en todo el territorio. La central fue reparada en 2007, pero las autoridades israelíes declararon Gaza "territorio hostil" y comenzaron a restringir el suministro de combustible a Gaza como táctica de asedio, proporcionando únicamente el combustible, la electricidad, el agua, los alimentos y otros bienes esenciales necesarios para cubrir un supuesto mínimo humanitario.[21]

Durante los combates entre Israel y Hamás en 2008, Israel cortó por completo el suministro de combustible a Gaza, dañó las líneas eléctricas que se extendían hacia Gaza desde Israel y Egipto y restringió la entrada de repuestos necesarios para el mantenimiento y la reparación de la central eléctrica. Los tanques de almacenamiento de combustible de la central fueron atacados de nuevo en el asalto a Gaza de 2014. En la breve guerra de 2021, las autoridades israelíes restringieron el suministro de electricidad del IEC a Gaza, y las Fuerzas de Defensa de Israel bombardearon una instalación solar de reciente construcción. Israel volvió a reducir el flujo de combustible a Gaza a finales de 2021 y en 2022, lo que restringió la capacidad de la central para generar electricidad.

El suministro energético de Cisjordania, aunque menos asediado y bombardeado que el de Gaza, también ha sido blanco de las autoridades israelíes. Por ejemplo, la IEC cortó el suministro eléctrico a Nablus y Yenín cuando estos municipios no pagaron sus facturas de electricidad después de que Israel retuviera los ingresos fiscales de la Autoridad Palestina en represalia por la adhesión de Palestina al Tribunal Penal Internacional en 2015.

Los palestinos de Cisjordania y Gaza han respondido con creatividad. Algunos establecieron conexiones informales a la red eléctrica en Cisjordania, expropiando la electricidad de la IEC y aumentando la carga de la deuda de la Autoridad Palestina. Pequeños generadores diésel han protegido de los cortes de electricidad a quienes pueden permitírselos. Fuera del alcance de las autoridades israelíes, que con frecuencia confiscan o destruyen paneles solares en Cisjordania, los palestinos de Gaza adoptaron ampliamente la energía solar a partir de la década de 2010, con un crecimiento de la cobertura de paneles solares de 115 a 20.000 metros cuadrados entre 2012 y 2019, y la energía solar llegó a proporcionar hasta el 12% del suministro eléctrico de la Franja.[22]

Pero a pesar de estas soluciones locales, los palestinos consumen la menor energía per cápita de Oriente Medio, a la vez que pagan el precio más alto por ella. Como ocurre con tantos otros aspectos de la vida palestina, la pobreza energética es el resultado de una relación fundamentalmente extractiva: antes del 7 de octubre de 2023, Gaza gastaba más de una quinta parte de su PIB en energía importada directamente de Israel y recibía un promedio de tan solo 10 horas de electricidad al día.

El asalto contra el poder palestino desde el 7 de octubre

Mientras que, en sus campañas de contrainsurgencia posteriores a 1967 y a Oslo, las autoridades israelíes administraron cuidadosamente el acceso de los palestinos a la energía, la guerra de exterminio que ha seguido al 7 de octubre de 2023 ha sido testigo de un bloqueo casi absoluto del suministro energético en Gaza y un ataque generalizado a la infraestructura energética. Las autoridades israelíes han cortado el suministro de electricidad y combustible casi por completo, permitiendo solo intermitentemente la entrada de cantidades minúsculas de combustible bajo presión internacional.

Las fuerzas israelíes también han dañado equipos, desde grúas utilizadas por la Compañía de Distribución de Electricidad de Gaza hasta los puntos de conexión eléctrica de alto voltaje que permiten la importación de electricidad israelí. Para marzo de 2024, el Banco Mundial estimó, de forma conservadora, que Israel había destruido más del 60% de la red de distribución eléctrica de Gaza.[23] Casi al mismo tiempo, la autoridad energética de Gaza estimó en 500 millones de dólares los daños a la infraestructura energética y sugirió que alrededor del 90% de los paneles solares de la franja habían resultado dañados.[24] Amnistía Internacional afirma que 11 de las 17 plantas solares más grandes de Gaza han resultado dañadas o destruidas, y Human Rights Watch ha documentado la demolición intencionada de paneles solares que alimentan plantas de tratamiento de aguas residuales.[25]

El impacto de la rápida y casi total interrupción del suministro energético de Gaza ha sido catastrófico. Los hospitales, que han sido objetivos habituales de las Fuerzas de Defensa de Israel, han tenido dificultades para conseguir combustible para sus generadores ante la falta de electricidad. Como resultado, el cada vez menor número de centros médicos en funcionamiento se ha visto obligado a atender sin electricidad a las decenas de miles de civiles heridos.

En febrero de 2024, el análisis de imágenes satelitales realizado por Care International reveló que el 70% de los hospitales de Gaza carecían de iluminación nocturna, incluso cuando operaban a más del triple de su capacidad. La falta de energía ha exacerbado las condiciones de hambruna e inhibido los esfuerzos de socorro ya intencionalmente restringidos. Sin electricidad, por ejemplo, los palestinos de Gaza luchan por convertir la harina entregada como ayuda humanitaria en pan comestible. La falta de combustible y electricidad también ha detenido el trabajo de las plantas de desalinización, reduciendo la disponibilidad de agua por persona a menos de un tercio de la cantidad requerida. Asimismo, ha interrumpido el sistema de saneamiento y, por lo tanto, ha contribuido al brote de polio.[26] Ha interrumpido las telecomunicaciones, negando a los palestinos de Gaza el acceso a los macabros mapas destinados a dirigirlos a las llamadas zonas seguras y, junto con el repetido e intencionado asesinato de periodistas, cortado los vínculos con el mundo exterior. Aun así, los palestinos han encontrado soluciones innovadoras a estas terribles condiciones, estableciendo estaciones de carga comunitarias, utilizando los pocos paneles solares que quedan e incluso improvisando turbinas eólicas de pequeña escala montadas en tiendas de campaña y tejados.

En Cisjordania, desde el 7 de octubre de 2023, el gobierno israelí ha utilizado la deuda eléctrica como pretexto para retener grandes cantidades de ingresos fiscales de la Autoridad Palestina. El mantenimiento de la dependencia eléctrica palestina y el conjunto de acuerdos institucionales desarrollados bajo Oslo que sometieron los canales fiscales palestinos a control israelí han creado un mecanismo de castigo colectivo y un medio por el cual Israel ha llevado a la Autoridad Palestina al borde del colapso en medio de un aparente intento de anexión de Cisjordania.

Finalmente, Israel ha aprovechado la oportunidad creada por esta guerra para expropiar los recursos energéticos palestinos. En 2019, el Estado de Palestina declaró formalmente sus fronteras marítimas de conformidad con la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, reclamando zonas marítimas frente a la costa de Gaza. Israel ha disputado estas fronteras alegando que no reconoce a Palestina como Estado soberano. El 29 de octubre de 2023, el Ministerio de Energía de Israel otorgó licencias a empresas energéticas israelíes e internacionales para la exploración de gas natural en una zona frente a Gaza que se superpone sustancialmente con la zona marítima reclamada por Palestina. Esta medida socava las bases de la futura soberanía energética palestina y se asemeja a la colonización acelerada de Cisjordania.

Durante esta guerra genocida, los líderes estadounidenses y europeos han prometido constantemente a los palestinos una vía hacia la creación de un Estado tras la conclusión de un acuerdo de alto el fuego. Pero, como ha argumentado Rashid Khalidi, la fórmula de dos Estados es una ilusión: «La creación de un Estado palestino y su soberanía… nunca han estado sobre la mesa, jamás, en ningún lugar, en ninguna etapa, por ninguna de las partes, ni Estados Unidos, ni Israel, ni nadie más».[27]  El fomento y la explotación a largo plazo de la dependencia energética palestina subrayan este punto.

Cualquier final aceptable para la ocupación y colonización de Palestina debería incluir el control palestino sobre el suministro de energía, ya sea mediante una red centralizada de combustibles fósiles basada en el desarrollo de los recursos de gas natural marinos palestinos, o mediante una red más duradera y descentralizada basada en la energía solar controlada localmente. Debe ser responsabilidad de los palestinos determinar cómo serán las bases de su soberanía energética y la viabilidad de su futuro.


[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo “Power Struggles: Energy as a Weapon of War, Domination and Resistance in Palestine”, en Middle East Report nº 313 (Invierno de 2024). El título original en inglés es "Power struggles", donde "power" puede referirse simultáneamente al poder (político) y a la energía (habitualmente eléctrica) (Nota del traductor).

[2] Profesor adjunto y miembro de Century International. Su investigación se centra en el análisis político, histórico y social de las infraestructuras, energía y medio ambiente en el mundo árabe oriental. Su trabajo académico se ha publicado en International Labor and Working-Class History,  Historical Materialism,  Labor History y  Arab Studies Journal, y ha escrito sobre la política contemporánea del mundo árabe oriental para  Middle East Report,  Synaps y  L'Orient-Le Jour. Su tesis doctoral, «Fossil Lebanon», que defendió en el verano de 2023, examina cómo la relación del Líbano con la industria petrolera moldeó la política, la economía y el entorno construido del país a mediados del siglo XX.

[4] Omar Jabary Salamanca, “Unplug and Play: Manufacturing Collapse in Gaza,” Human Geography 4/1 (March 2011).

[5] Fredrik Meiton, Electrical Palestine: Capital and Technology from Empire to Nation (University of California Press, 2019), pp. 56–7, 74–5, 80–94, 153–155, 164–166, 182–187.

[6] La redundancia en una red eléctrica se refiere a la implementación de sistemas de respaldo o múltiples rutas para garantizar la continuidad del suministro de energía en caso de fallo de uno de los componentes principales. Esta redundancia es crucial para mantener la estabilidad de la red y evitar interrupciones en el suministro de electricidad. (Nota del traductor)

[7] Yishuv es la comunidad de residentes judíos que habitaban Palestina antes de la creación del Estado de Israel en 1948. (Nota del traductor)

[8] Sabri Jiryis, “The Arabs in Israel, 1973-79,” Journal of Palestine Studies 8/4 (1979), p. 54. Jamil Hilal, “Class Transformation in the West Bank and Gaza,” Journal of Palestine Studies 6/2 (1977), p. 170.

[9] Laleh Khalili, “As They Laid Down Their Cables,” Granta, April 25, 2024.

[10] Jawdat Abu ‘Awn, “Electrical Energy in the West Bank and Gaza,” Samid al-Iqtisadi 15/92 (April-June 1993), p. 20.

[11] Jonathan Kuttab and John Egan, “An Autonomous Palestinian Presence on the West Bank Conflicts with the Goal of Judaization,” Journal of Palestine Studies 12/ 4 (1983), pp. 64–70.

[13] Lior Herman and Itay Fischhendler, “Energy as a Rewarding and Punitive Foreign Policy Instrument: The Case of Israeli–Palestinian Relations,” Studies in Conflict and Terrorism 44/6 (2021), p. 505.

[14] World Bank, Report No. 39695-GZ: “West Bank and Gaza Energy Sector Review,” May 2007, p. 3.

[15] Adam Hanieh, “The Oslo Illusion,” Jacobin, April 2013.

[16] World Bank, Report No. 39695-GZ: “West Bank and Gaza Energy Sector Review,” May 2007, p. 12.

[17] Ayman Abualkhair, “Electricity sector in the Palestinian territories: Which priorities for development and peace?,” Energy Policy 35/4 (2007), p. 2209–2230.

[18] World Bank, “Fifteen Months—Intifada, Closures, and Palestinian Economic Crisis: An Assessment,” 2002, 56–7.

[19] Ayman Abualkhair, “Electricity sector in the Palestinian territories: Which priorities for development and peace?,” Energy Policy 35/4 (2007), p. 2209–2230.

[20] Omar Jabary Salamanca, “Unplug and Play: Manufacturing Collapse in Gaza,” Human Geography 4/1 (2011), p. 25.

[21] Ibid, p. 29.

[22] Asmaa Abu Mezeid, “Confronting Energy Poverty in Gaza”, Al-Shabaka, March 29, 2023.

[23] World Bank, “Gaza Interim Damage Assessment,” March 29, 2024, p. 10.

[25]Human Rights Watch, Ob. cit.

[26] Freddie Clayton, “Polio vaccinations arrive in Gaza, but the sanitation crisis remains”, NBC NEWS (Aug. 31, 2024)

[27] Rashid Khalidi, “The Neck and the Sword,” New Left Review 147 (May/June 2024).

domingo, 24 de noviembre de 2024

Israel, Palestina y la solución del Estado único (texto de Edward W. Said)

 


En la entrada de hoy publicamos un texto del famoso intelectual palestino Edward Said, quien ofrece una solución al conflicto árabe-israelí que hasta el momento apenas ha contado con el apoyo de la clase política ni de la opinión pública, pero que, a nuestro juicio, debería plantearse seriamente como una alternativa viable a medio o largo plazo. Nos referimos a la creación de un Estado único y democrático, compartido por israelíes y palestinos, al estilo de la Sudáfrica posterior al apartheid.

 

ISRAEL, PALESTINA Y LA SOLUCIÓN DEL ESTADO ÚNICO[1]

Edward W. Said[2]


Dado el colapso del gobierno de Netanyahu en lo que respecta a los acuerdos de paz, es el momento de plantearse si todo el proceso iniciado en Oslo en 1993 es el instrumento adecuado para alcanzar la paz entre palestinos e israelíes. Mi opinión es que el proceso de paz ha aplazado de hecho la verdadera reconciliación que debe producirse si queremos que la guerra centenaria entre los sionistas y el pueblo palestino toque su fin. Oslo sentó las bases de la separación, pero la verdadera paz sólo podrá llegar con un único Estado binacional israelí-palestino.

Esto no es fácil de imaginar. El discurso oficial sionista israelí y el palestino son irreconciliables. Los israelíes dicen que llevaron a cabo una guerra de liberación y de este modo alcanzaron la independencia; los palestinos dicen que su sociedad fue destruida y la mayoría de su población expulsada. Y, de hecho, esta incompatibilidad era ya bastante evidente para las primeras generaciones de líderes y pensadores sionistas y, desde luego, para todos los palestinos.

“El sionismo no desconocía la presencia de árabes en Palestina”, escribe el distinguido historiador israelí Zeev Sternhell en su libro The Founding Myths of Israel (“Los mitos fundadores de Israel”). “Incluso figuras sionistas que nunca habían visitado el país sabían que no estaba despoblado. Al mismo tiempo, ni el movimiento sionista en el extranjero ni los pioneros que comenzaron a colonizar el país podían diseñar una política con respecto al movimiento nacional palestino. La verdadera razón no era que desconociesen el problema sino que reconocían claramente la contradicción insalvable entre los objetivos básicos de ambas partes. Si los intelectuales y los líderes sionistas ignoraron el dilema árabe fue principalmente porque sabían que este problema no tenía solución dentro de la lógica sionista”.

David Ben-Gurion, por ejemplo, siempre se mostró muy claro al respecto. En 1944 dijo lo siguiente: “No hay ningún precedente en la historia donde un pueblo afirme estar de acuerdo en renunciar a su país, permitiendo que otro pueblo vaya allí, se instale y lo sobrepase en número”. Otro líder sionista, Berl Katznelson, tampoco confiaba en que pudiera superarse la oposición entre los objetivos sionistas y los palestinos. Y partidarios del Estado binacional como Martin Buber, Judah Magnes y Hannah Arendt eran plenamente conscientes de que el enfrentamiento, si se producía, sería sin duda tal y como ha sido.

Durante el Mandato británico y el periodo posterior a la Declaración Balfour de 1917, los árabes palestinos eran mucho más numerosos que los judíos y siempre rechazaron todo aquello que pudiera hacer peligrar su dominio. Sin embargo, es injusto que desde la perspectiva actual se reproche a los palestinos de entonces que no aceptaran la partición de 1947. Hasta 1948, los judíos sólo poseían el 7% de la tierra. Cuando fue propuesta la resolución de partición, los árabes se preguntaron por qué los judíos debían recibir el 55% de Palestina, si éstos representaban una minoría. A diferencia de los derechos civiles y religiosos, la Declaración Balfour y el Mandato británico jamás reconocieron de manera específica que los palestinos tuvieran derechos políticos en Palestina. Por lo tanto, la desigualdad entre judíos y árabes se gestó desde un principio dentro de la política británica, y posteriormente en la israelí y la estadounidense.

El conflicto parece imposible de solucionar, pues ambos pueblos están luchando por el mismo territorio y siempre han creído tener el derecho legítimo a poseerlo, esperando que, con el tiempo, la otra parte renuncie o desaparezca. Una de las partes ganó la guerra y la otra la perdió, pero el conflicto sigue tan vivo como siempre. Nosotros, los palestinos, nos preguntamos por qué un judío nacido en Varsovia o Nueva York tiene el derecho a establecerse aquí (de acuerdo a la Ley del Retorno israelí), mientras que nosotros, el pueblo que ha vivido aquí durante siglos, no puede. Desde 1967, el conflicto entre ambas partes se ha exacerbado. Años de ocupación militar han generado ira, humillación y hostilidad en la parte más débil.

Para su descrédito, los acuerdos de Oslo hicieron poco por cambiar la situación. Arafat y su cada vez menor número de seguidores se convirtieron en los garantes de la seguridad israelí, mientras que los palestinos fueron obligados a soportar la humillación de unos espantosos “territorios nativos” que se encuentran incomunicados entre sí y representan el 10% de la población de Cisjordania y el 60% de la de Gaza. Oslo nos obligó a olvidar y renunciar a nuestra historia, desahuciados por la misma gente que enseña a todo el mundo la importancia de recordar el pasado. Así pues, somos las víctimas de las víctimas, los refugiados de los refugiados.

La razón de ser de Israel como Estado siempre ha sido la de convertirse en un país diferente, un refugio exclusivo para los judíos. Los propios acuerdos de Oslo se basaron en el principio de separación entre los judíos y el resto, tal y como Yitzhak Rabin no se cansó de repetir. Sin embargo, durante los últimos cincuenta años, y en especial a partir de 1967, con los primeros asentamientos israelíes en los territorios ocupados, las vidas de los judíos se han entrelazado cada vez más con las de los no judíos.

Paradójicamente, el esfuerzo por separar a ambas comunidades se ha producido al mismo tiempo que el esfuerzo destinado a apropiarse de cada vez más territorios, lo cual a su vez ha supuesto que un número creciente de palestinos sea incorporado a Israel. En Israel mismo, los palestinos representan el 20% de la población. Entre Gaza, Jerusalén Este y Cisjordania, lugares donde los asentamientos son más numerosos, hay más de dos millones y medio de palestinos. Israel ha construido todo un sistema de carreteras de circunvalación, diseñado para rodear las ciudades y aldeas palestinas,  y así conectar los asentamientos y evitar a los árabes. Pero la superficie de la Palestina histórica es tan minúscula, e israelíes y palestinos están tan estrechamente entrelazados a pesar de la desigualdad y de su antipatía mutua, que simplemente no es posible que se produzca una separación completa ni que ésta sea viable. Se espera que pronto exista un equilibrio demográfico entre ambas comunidades. ¿Y entonces, qué?

Es evidente que un sistema que concede privilegios a los judíos israelíes no satisfará ni a quienes desean un Estado judío completamente homogéneo ni a quienes viven allí pero no son judíos. Para los primeros, los palestinos son un obstáculo que de algún modo hay que eliminar; para los segundos, ser palestino en un Estado judío supone estar siempre al borde de una situación de inferioridad. Pero los palestinos israelíes no quieren irse; dicen que ya están en su país y no quieren oír hablar de unirse a un Estado palestino independiente, en caso de que éste llegara a existir. Entretanto, las precarias condiciones impuestas a Arafat le hicieron difícil dominar a unos habitantes de Gaza y Cisjordania altamente politizados. Estos palestinos poseen un deseo de autodeterminación que, en contra de las previsiones israelíes, no da signos de desvanecerse. También es evidente que, como pueblo árabe, los palestinos desean preservar a toda costa su identidad árabe, como parte del mundo árabe e islámico circundante.

Por todo ello, la autodeterminación palestina en forma de un Estado separado resulta tan inviable como el principio de separación entre una población árabe que carece de soberanía y una población judía que sí la tiene, ambas inevitablemente mezcladas y conectadas a nivel demográfico. La cuestión, creo yo, no es cómo idear medios para conseguir la separación, sino ver si ambas comunidades son capaces de vivir juntas de la manera más justa y pacífica posible.

El actual panorama es bastante desalentador, por no decir que nos encontramos en un sangriento callejón sin salida. Los sionistas de dentro y fuera de Israel no parecen estar dispuestos a renunciar a su deseo de un Estado judío independiente, y los palestinos desean lo mismo para ellos, a pesar de haberse conformado con mucho menos después de Oslo. Sin embargo, en ambos casos, la idea de un Estado “sólo para nosotros” simplemente va en contra de los hechos: a menos que se produzca una limpieza étnica o un desplazamiento masivo de población, como en 1948, no hay manera de que Israel pueda deshacerse de los palestinos o los palestinos puedan hacer desaparecer a los israelíes. Ninguna de las partes dispone de una opción militar viable contra la otra, razón por la cual –lamento decirlo– ambas han optado por una paz que claramente trata de lograr lo que la guerra no ha podido.

Cuanto más persistan los actuales modelos de colonización israelí y de confinamiento palestino, menos probable es que haya una verdadera seguridad para ambas partes. Siempre ha resultado de lo más absurda la obsesión de Netanyahu con una seguridad basada únicamente en que los palestinos cumplan las exigencias israelíes. Por un lado, Ariel Sharon y él presionaron cada vez más a los palestinos con sus estridentes arengas a los colonos para que éstos se apoderaran de todo lo que pudieran. Por otro lado, Netanyahu esperaba que tales métodos de linchamiento obligaran a los palestinos a aceptar todo lo que Israel hace, sin ninguna contrapartida del lado israelí.

Arafat, apoyado por Washington, se volvía más represor cada día. De un modo sorprendente, apelando a las “Normas Británicas Defensivas de Emergencia contra los Palestinos” (British Emergency Defense Regulations against Palestinians), de 1936, Arafat llegó a decretar, por ejemplo, que no sólo es un crimen incitar a la violencia y los conflictos raciales y religiosos, sino también criticar el proceso de paz. Arafat simplemente rechazaba aceptar cualquier tipo de limitación a su poder, en vistas del apoyo recibido por parte de estadounidenses e israelíes.

La violencia, el odio y la intolerancia son hijos de la injusticia, la pobreza y un sentimiento de frustración provocado por la falta de logros políticos. Casos como el del otoño de 1998,  cuando cientos de hectáreas palestinas fueron expropiadas por el ejército israelí en la aldea de Umm al-Fahm, la cual no está situada en Cisjordania sino dentro del propio Israel, subrayan el hecho de que, incluso como ciudadanos israelíes, los palestinos son tratados como inferiores, básicamente como si fuesen ciudadanos de clase baja que vive en condiciones de apartheid. Al mismo tiempo, dado que Israel no tiene una Constitución y que los partidos ultraortodoxos están adquiriendo un poder político cada vez mayor, grupos e individuos judíos israelíes han comenzado a organizarse en torno a la idea de una democracia plenamente laica para todos los ciudadanos israelíes. El carismático Azmi Bishara, un miembro árabe del Knesset [Parlamento de Israel] también ha hablado sobre la ampliación del concepto de ciudadanía como una forma de superar los criterios étnicos y religiosos que de hecho convierten a Israel en un Estado no democrático para el 20% de su población.

En Cisjordania, Jerusalén y Gaza existe una situación de explotación altamente inestable. Protegidos por el ejército, los colonos israelíes (casi 350.000 de ellos) viven como individuos privilegiados procedentes de fuera del territorio, con unos derechos que los residentes palestinos no tienen. Por ejemplo, los palestinos de Cisjordania no pueden ir a Jerusalén y el 70% de su territorio todavía está sujeto a la ley marcial israelí, con sus tierras disponibles para la confiscación. Israel controla los recursos hidráulicos y la seguridad de los palestinos, así como las salidas y las entradas. No necesitamos ser unos expertos para ver que esta es la mejor receta para incrementar el conflicto, en lugar de limitarlo. Es necesario hacer frente a la verdad, y no evitarla o negarla.

Hoy en día hay judíos israelíes que hablan con franqueza de “post-sionismo”, en la medida en que, después de cincuenta años de historia israelí, el sionismo clásico no ha sido capaz de ofrecer una solución a la presencia palestina ni a una presencia exclusivamente judía. No veo otra vía que empezar a hablar ya mismo de compartir la tierra que ambos pueblos habitamos, de compartirla de una manera realmente democrática, con los mismos derechos para todos los ciudadanos. No puede haber reconciliación a menos que ambos pueblos, dos comunidades que han experimentado el sufrimiento, comprendan que la presencia del otro es un hecho inevitable, y que deben actuar en consecuencia.

Esto no significa que el estilo de vida judío deba desaparecer o que los árabes palestinos tengan que renunciar a sus aspiraciones y derechos políticos. Por el contrario, supone la autodeterminación para ambos pueblos, pero asumiendo que es necesario mitigar, reducir y, por último, renunciar a un estatus privilegiado de una de las partes a expensas de la otra. La cuestión de la Ley del Retorno para los judíos y el derecho al retorno de los refugiados palestinos deben estudiarse y resolverse como un todo. También deberían moderar sus pretensiones quienes defienden la noción del Gran Israel como una tierra entregada por Dios a los judíos y la de Palestina como un territorio exclusivamente árabe.

Resulta interesante observar que la milenaria historia de Palestina ofrece al menos dos precedentes que nos permiten pensar en términos laicos y moderados. En primer lugar, Palestina es y ha sido siempre una tierra habitada por muchos pueblos; supone una simplificación absoluta pensar que Palestina es un territorio básica o exclusivamente judío o árabe. Si bien la presencia judía es muy antigua, no es en absoluto la única. Cananeos, moabitas, jebuseos o filisteos se incluyen entre los pueblos que la habitaron en la antigüedad, y romanos, otomanos, bizantinos o cruzados en periodos más recientes. Palestina es multicultural, multiétnica y multirreligiosa. Hoy en día, hay tan pocos argumentos históricos para justificar la homogeneidad como para las ideas de pureza nacional, étnica o religiosa.

En segundo lugar, durante el periodo de entreguerras, un pequeño pero importante grupo de pensadores judíos (Judah Magnes, Buber, Arendt y otros) abogaron por un Estado binacional e hicieron campaña en su favor. Naturalmente, la lógica del sionismo aplastó sus esfuerzos, pero la idea sigue viva aquí y allá entre algunos individuos judíos y árabes frustrados por las evidentes carencias y abusos del presente. La esencia de su enfoque es una coexistencia y una capacidad para compartir que requieren de una voluntad innovadora y atrevida, dirigida a superar el inútil punto muerto en el cual nos encontramos. Una vez seamos capaces de reconocer al otro como un igual, creo que no sólo será posible seguir avanzando, sino que también resultará atrayente.

El paso inicial, sin embargo, resulta muy difícil de dar. Los judíos israelíes viven al margen de la realidad palestina, y la mayoría de ellos dice que no les incumbe en absoluto. Recuerdo la primera vez que viajé desde Ramallah a Israel, pensando que era como ir directamente desde Bangladesh hasta el sur de California. Sin embargo, la realidad nunca es lo que parece.

A los palestinos de mi generación, todavía aturdidos por el impacto de perderlo todo en 1948, les resulta casi imposible aceptar que sus hogares y sus haciendas fueran ocupados por otras personas. No veo la manera de ignorar el hecho de que una población desplazó a otra en 1948, cometiendo de ese modo una grave injusticia. Entender la historia de los palestinos y los judíos como un todo no sólo dota de pleno sentido a la tragedia del Holocausto y a la que posteriormente sufrieron los palestinos, sino que también revela como, en el curso de las relaciones entre israelíes y palestinos desde 1948, un pueblo, el palestino, ha soportado hasta el límite el dolor y la pérdida.

A los israelíes religiosos y de derechas y a sus partidarios no les plantea ningún dilema esta situación. Ellos dicen: “Sí, ganamos, pero así es como debe ser. Esta tierra es la tierra de Israel, y de nadie más”. Oí decir esas palabras a un soldado israelí que protegía una excavadora empleada para destruir los campos de un palestino de Cisjordania (el propietario observaba la escena impotente) por los que pasaría la ampliación de una carretera de circunvalación.

Pero ellos no son los únicos israelíes. Otros desean una paz que sea producto de la reconciliación y no aceptan de buena gana la creciente influencia de los partidos religiosos en la vida israelí ni la injusticia y la decepción provocadas por los acuerdos de Oslo. Muchos de estos israelíes se manifiestan en contra de las expropiaciones de tierras y la demolición de casas palestinas que lleva a cabo su gobierno. De modo que se percibe entre muchas personas una sana disposición a buscar la paz más allá de las apropiaciones de tierras y de las bombas de los suicidas.

Para algunos palestinos, renunciar a recuperar por completo la Palestina árabe supone renunciar a su propia historia, pues son la parte más débil, los perdedores. Muchos otros, sin embargo, y en especial la gente de mi generación, se muestran escépticos con sus mayores y miran hacia el futuro de un modo menos convencional, más allá del conflicto y la pérdida constantes. Obviamente, la clases dirigentes de ambas comunidades están demasiado ligadas al “pragmatismo” de las actuales corrientes de pensamiento y de las formaciones políticas como para arriesgar lo más mínimo, pero algunos otros (palestinos e israelíes) han comenzado a plantear alternativas innovadoras frente a la situación actual. Se niegan a aceptar las limitaciones de Oslo, lo que un experto israelí ha llamado “paz sin palestinos”, mientras que otros dicen que la verdadera lucha está en conseguir iguales derechos para árabes y judíos, y no una entidad palestina separada, y por tanto dependiente y débil.

Para comenzar, es necesario desarrollar algo que hoy por hoy está completamente ausente de la realidad israelí y de la palestina: la idea y la práctica de ciudadanía al margen de criterios étnicos o raciales, como principal medio para la coexistencia. En un Estado moderno, todos sus miembros son ciudadanos en virtud de su existencia misma y por el hecho de compartir derechos y responsabilidades. Por lo tanto, la ciudadanía debería ofrecer los mismos privilegios y recursos a un judío israelí y a un árabe palestino. Así pues, se hacen necesarias una Constitución y una declaración de derechos para superar la primera fase del conflicto. Cada grupo tendría el mismo derecho de autodeterminación, es decir, el derecho a desarrollar su propia vida comunitaria (judía o palestina), tal vez en cantones federados con una capital compartida en Jerusalén. Cada grupo también disfrutaría de igualdad en el acceso a la tierra y de los mismos derechos jurídicos y civiles inalienables. Ninguna de las partes debería ser rehén de los extremistas religiosos.

Sin embargo, los sentimientos de persecución, el sufrimiento y el victimismo están tan arraigados que es casi imposible llevar a cabo iniciativas políticas que permitan compartir a judíos y árabes los mismos principios generales de igualdad civil, evitando así el peligro del “nosotros contra ellos”. Los intelectuales palestinos necesitan exponer sus argumentos directamente a los israelíes en foros públicos, universidades y medios de comunicación. El desafío está dirigido a la sociedad civil, pero a su vez procede de ésta; una sociedad civil que durante mucho tiempo ha estado sometida a un nacionalismo que se ha convertido en un obstáculo para la reconciliación. Además, la degradación de discurso (simbolizada por el intercambio de acusaciones entre los líderes palestinos e israelíes, mientras los derechos de los palestinos se ven comprometidos por una excesiva preocupación con la “seguridad”) impide que surja un enfoque más amplio y generoso.

Las alternativas son tremendamente simples: o bien la guerra continúa (junto al desorbitado coste del actual proceso de paz) o, a pesar de los muchos obstáculos, se busca seriamente una salida basada en la paz y la igualdad (como en Sudáfrica tras el apartheid). Una vez admitamos que palestinos e israelíes están ahí para quedarse, deberíamos aceptar que la única solución es buscar la coexistencia pacífica y la verdadera reconciliación. Esta es la auténtica autodeterminación. Por desgracia, la injusticia y la beligerancia no disminuyen por sí mismas. Son los propios interesados quienes deben combatirlas.

 

BIBLIOGRAFIA RECOMENDADA

- Michel Warschawski, A tumba abierta. La crisis de la sociedad israelí, Icaria, Barcelona, 2004.

- VV.AA., El derecho al retorno. El problema de los refugiados palestinos, Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2004.

- Michel Warschawski, La revolución sionista ha muerto: voces israelíes contra la ocupación, Bellaterra, Barcelona, 2008.

- Agustín Remesal, Gaza: una cárcel sin techo, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2008.

- Ilan Pappé, La limpieza étnica en Palestina, Crítica, Barcelona, 2008.

- Luciana Coconi, Apartheid contra el pueblo palestino, Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2010.



[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo aparecido en Magazine Desk, 10 de enero de 1999. Versión en castellano publicada en la revista online Alif Nûn nº 84, julio de 2010. (Nota de la Redacción).

[2] Edward Wadie Said (Jerusalén, 1935-Nueva York, 2003), fue un activista por los derechos del pueblo palestino, crítico político y teórico literario. Profesor de literatura comparada y de literatura en lengua inglesa, entre otras, en las universidades de Harvard, Johns Hopkins, Columbia y Yale, todas ellas en EE.UU, También fue autor y columnista de fama mundial y miembro del Consejo Nacional Palestino entre 1977 y 1991. Como profesor de literatura, fue uno de los fundadores de los estudios poscoloniales. Como crítico cultural, es mejor conocido por su libro Orientalism (1978), un texto fundacional que critica las representaciones culturales que son las bases del orientalismo: cómo el mundo occidental percibe Oriente. Su modelo de análisis textual transformó el discurso académico de los investigadores en teoría literaria, crítica literaria y estudios de Medio Oriente. (Nota de la Redacción).

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