ENCUENTROS Y DESENCUENTROS A LO LARGO DE LA HISTORIA[1]
Yamila Munquid[2]
El Budismo y el Islam representan dos de las más grandes tradiciones espirituales de la humanidad y sus fieles se han relacionado entre sí a nivel cultural, político, económico y militar durante los últimos mil trescientos años, es decir, casi desde el mismo momento del nacimiento del Islam, la más joven las dos religiones. A lo largo de un periodo de tiempo tan prolongado, es lógico que las relaciones entre budistas y musulmanes hayan atravesado por periodos diversos, que van desde la amistad y la cooperación hasta la hostilidad y el enfrentamiento. Sin embargo, a pesar de que el clima espiritual y el lenguaje religioso de ambas tradiciones resulta ser muy distinto, el contacto fructífero entre budistas y musulmanes jamás ha dejado de existir durante todo este tiempo. En este trabajo trataremos de ofrecer un repaso a la historia de dichos contactos, y demostrar así que el diálogo interreligioso y la convivencia pacífica han sido y siguen siendo perfectamente posibles.
La primera etapa: siglos VII-XII d.C.
Los primeros contactos entre poblaciones budistas y musulmanas se produjeron en el lo que hoy en día es Afganistán, Irán, y las republicas ex-soviéticas de Asia Central, cuando a mediados del siglo VII d.C. la región pasó a estar bajo el dominio del califato omeya, que arrebató el territorio a las tribus turcomanas de Asia Central. El persa Omar ibn al-Azraq al-Kermani es, según las crónicas, el primer autor musulmán que se interesó por el Budismo. A principios del siglo VIII d.C. escribió una descripción detallada del monasterio budista de Nava Vihara, en Balj (Afganistán) y las principales costumbres budistas que allí se practicaban, explicándolas mediante analogías con las del Islam. Así pues, explicó que el templo principal tenía una piedra cúbica en el centro, cubierta con un paño, y que los devotos la circunvalaban y se postraban, como en el caso de la Kaaba, en La Meca. En realidad, el cubo de piedra al que se refería el autor musulmán era la plataforma sobre la que se encontraba una estupa, un tipo de arquitectura budista destinada a contener reliquias, textos sagrados u ofrendas.
En el siglo X d.C., los escritos de al-Kermani fueron recopilados por otro autor persa, Ibn al-Faqih al-Hamadhani, en una obra titulada Kitab al-Buldan (Libro de los países). Los sabios buditas, sin embargo, no parecían demostrar el mismo interés en explicar las costumbres y creencias musulmanas a la audiencia budista, ya que no existen evidencias por escrito de este tipo de descripciones del lado budista en aquella época.
Desde el año 715 hasta el 727 d.C., el Tíbet y el imperio omeya establecieron una alianza militar para hacer frente a los pueblos turcomanos. Durante ese periodo se establecieron importantes contactos políticos, económicos y militares entre musulmanes omeyas y budistas tibetanos, hasta el punto de que el califa Omar II envió al erudito musulmán al-Salit bin-Abdullah al-Hanafi a la corte de la emperatriz tibetana Jincheng, para difundir el Islam entre sus aliados. No obstante, parece ser que los budistas tibetanos no mostraran demasiado interés en el Islam, pues no hay documentos o testimonios que demuestren la existencia de ningún diálogo o de conversiones de budistas tibetanos al Islam como resultado de aquella visita. Por el contrario, es más probable que se produjera una fría acogida, debido a la influencia de una corriente xenófoba en la corte imperial tibetana.
El siguiente contacto a nivel doctrinal entre budistas y musulmanes tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo VIII d.C., cuando algunos de los primeros gobernantes abasíes –como el famoso califa Harun al-Rashid (r. 786-809) y su ministro y tutor Yahya ibn Barmak, nieto de un monje budista– invitaron a sabios budistas de la India y del monasterio afgano de Nava Vihara a la Casa de la Sabiduría de Bagdad, donde recibieron el encargo de ayudar a traducir del sánscrito al árabe diversos textos sobre medicina, astronomía y otros temas. Entre dichas traducciones destaca el texto médico budista de Ravigupta titulado Océano de conocimientos, y una biografía de Buda, conocida en las fuentes medievales cristianas como Barlaam y Josaphat y cuya primera versión árabe fue recopilada por Aban al-Lahiki (750-815 d.C.) con el título de Kitab Bilawhar wa Budasf. Dicho libro sería citado más de un siglo después en una obra de Ibn al-Nadim titulada Kitab al-fihrist (Libro de los catálogos).
A pesar de que los sabios musulmanes seguían demostrando un vivo interés en el Budismo, no hay pruebas de que ningún sabio budista de esa época se interesara por las creencias de los musulmanes o por la traducción de textos islámicos, y apenas se mencionan las creencias islámicas en ninguno de los tratados filosóficos budistas en sánscrito. Tampoco existen evidencias de debates filosóficos con sabios musulmanes en los monasterios o los centros de saber budistas, ni siquiera cuando las comunidades budistas y las musulmanas convivían en la misma zona,. La única excepción a dicha regla es la obra conocida como Kalachakra Tantra, redactada a finales del siglo X y comienzos del XI.
El Kalachakra Tantra fue escrito en una época en la que los ismailíes pugnaban con los abasíes sunníes por el control de Egipto y el Asia occidental y central. Los fatimíes egipcios y sus aliados ismailíes de Multán, Estado situado en el norte del Pakistán actual, amenazaban por dos frentes a un imperio abasí incrustado entre ambos. Los budistas y los hindúes que vivían en el Estado de los gaznawíes,[3] aliado de los abasíes y situado en el este del Afganistán actual, se vieron atrapados en este fuego cruzado. Lo más probable es que las partes del Kalachakra Tantra que se ocupan de asuntos sociales y políticos se redactaran en respuesta a esta situación. En ellas se aconseja a hindúes y budistas que reafirmen sus propios valores espirituales y que se unan en un solo frente para no ser absorbidos por la religión islámica.
En el Kalachakra Tantra también se describen diversos aspectos del Islam como la ablución, la oración ritual cinco veces al día postrándose en dirección a La Meca, la prohibición de adorar estatuas, la manera de sacrificar a los animales, la costumbre del ayuno en Ramadán hasta la caída del sol, la igualdad de todos los seres humanos en “una sola casta”, la circuncisión y las normas éticas como no robar, no mentir o la fidelidad conyugal. También habla sobre otras creencias islámicas como la existencia de un Dios creador llamado “Rahman” (sic), o el Día del Juicio, cuando “Rahman” envíe al Paraíso a las almas que actuaron conforme a la voluntad divina, y envíe al Infierno a las que actuaron en contra. También hay partes donde se intenta explicar algunas creencias islámicas en términos comprensibles para los budistas y los hindúes, como cuando se describe a Muhammad como una encarnación de “Rahman”, al igual que Krishna es una encarnación de Vishnu.
La literatura del Kalachakra también polemiza sobre ciertos aspectos doctrinales. El principal tema que los textos budistas reprochan al Islam es que la supervivencia de las almas en el Paraíso sea considerada como el objetivo final y el logro definitivo desde un punto de vista espiritual, pues ello parece contradecir la importante creencia budista en la liberación final con respecto al karma y la reencarnación. Esto demuestra, sin embargo, que los autores del Kalachakra Tantra solo poseían un conocimiento parcial de la ideología islámica y de las distintas facciones musulmanas de la época, pues parecen ignorar que en la tradición islámica sufí existen dos conceptos conocidos como fana y baqa que son muy similares al moksha o el nirvana de la tradición hindú-budista. Los textos budistas también critican el método islámico para sacrificar a los animales. Una vez más, los motivos de esta crítica provienen de una interpretación errónea de esta costumbre islámica, que los budistas confundían con el sacrificio sangriento a un dios.
No hay evidencias de que durante los siglos siguientes los eruditos musulmanes conocieran o se ocuparan de los puntos de controversia mencionados en los textos del Kalachakra. No obstante, el interés por el Budismo continuó entre los musulmanes, como se aprecia en varias obras históricas. Por ejemplo, durante la dinastía gaznawí, el historiador persa al-Biruni acompañó a Mahmud de Gazna en su invasión del subcontinente indio (siglo XI d.C.). Basándose en lo que aprendió allí, al-Biruni escribió su libro titulado Tarij al-Hind (Crónicas de la India).[4] En él describió las costumbres y creencias budistas más importantes, y señaló que los indios consideraban a Buda como un profeta, demostrando que, si bien atribuía al fundador del Budismo un rango desconocido por los budistas, al menos comprendía que éstos no consideran a Shakyamuni como su Dios. Más adelante, en la obra del siglo XII titulada Kitab al-milal wa-l-nihal (Libro de las creencias y las religiones), al-Shahrastani, quien trabajaba al servicio de la dinastía selyúcida, reiteró las informaciones sobre el Budismo ofrecidas por al-Biruni.
Los mongoles: a caballo entre el Budismo y el Islam
Los pueblos mongoles que habitaban las extensas estepas al norte de China habían conservado desde la antigüedad su estilo de vida nómada y pastoril y su religión chamánica tradicional. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XIII d.C., con la unificación de los clanes mongoles bajo el liderazgo del famoso Gengis Kan y la conquista de gran parte de Asia a manos de sus ejércitos, la situación social y religiosa de los mongoles iba a cambiar por completo, de modo que durante su expansión por Asia entraron en contacto con grandes civilizaciones asiáticas como la china, la tibetana o la islámica, de las cuales recibirían una profunda influencia.
Ya a finales del siglo XIII d.C., menos de un siglo después del inicio de la expansión mongola, Kublai Kan, nieto de Gengis Kan y emperador de China, se convirtió al Budismo tibetano, aunque empleó a sus súbditos musulmanes de Asia Central como recaudadores de impuestos, con el fin de mantener la distancia entre los gobernantes mongoles y sus súbditos chinos. Al inicio de su gobierno, Kublai Kan permitió que los musulmanes conservaran todas sus costumbres, pero con el paso del tiempo, y en respuesta al apoyo de los musulmanes a su primo y enemigo Jaidu, implantó una legislación antiíslámica, prohibiendo en 1280 la circuncisión y el método halal de sacrificar animales. Esta última prohibición se justificó en base al código legislativo de Gengis Kan, contrario a “profanar” la tierra con la sangre de animales sacrificados. Nada tenía que ver por tanto con las creencias del Budismo, sino con las costumbres mongolas prebudistas.
Los mongoles extendieron el Budismo incluso en territorios tradicionalmente islámicos, pero a su vez también recibieron la influencia del Islam. En concreto, durante gran parte del periodo de los kanatos (1256-1336 d.C.), cuando los mongoles gobernaban Irán, los kanes practicaron y difundieron allí el Budismo tibetano. De hecho, cinco de los seis primeros kanes mongoles fueron seguidores de esta rama del Budismo. La excepción es el musulmán Ahmad Teguder, quien reinó entre 1282 y 1284 d.C.
Saad al-Daula, el ministro de Arghun Kan (r. 1284-1291 d.C.), sugirió que ciertos aspectos del Islam podrían ser incorporados a la política imperial. Aconsejó que Gengis Kan fuera declarado profeta y que sus descendientes ostentaran a un tiempo la autoridad material y espiritual, imitando en parte a los imames chiíes. También recomendó a Arghun Kan que siguiera el ejemplo de Muhammad y fundara una comunidad religiosa en La Meca, convirtiendo la Kaaba en un templo budista. Aunque el kan no adoptó estas recomendaciones de su ministro, al menos sí que elevó el Budismo a religión del Estado e invitó a su reino a numerosos monjes de Cachemira y del Tíbet.
El siguiente soberano, Ghazan Kan (r. 1295-1304), se convirtió al Islam poco después de ascender al trono, tras entrar en contacto con el maestro sufí chií Sadr ad-din Ibrahim. Cuando encargó a su ministro Rashid al-Din que escribiera una Historia universal, le ordenó que incluyera en la obra una descripción del sistema de creencias de los distintos pueblos con los que los mongoles habían entrado en contacto, incluyendo el Islam y el Budismo. Para ello invitó a su corte a Bakshi Kamalashri, un monje budista de Cachemira, para que ayudara a Rashid al-Din en su trabajo.
El resultado de esta colaboración fue La vida y enseñanzas de Buda, que apareció, tanto en versión árabe como persa, como capítulo tercero de Historia de la India, el volumen segundo de la Historia universal. Como en los trabajos anteriores de al-Kermani y al-Biruni, Rashid al-Din explicó el Budismo en términos que resultaran familiares a los musulmanes. Así pues, citó a Buda como uno de los seis fundadores de religiones aceptados como “profetas” por los indios; también se refirió a los devas como ángeles, y a Mara como Iblis, el diablo. Además de hablar sobre los seis reinos del renacimiento o las leyes kármicas de la causa y el efecto, el texto también menciona el Kangyur, una colección de citas de Buda traducidas al tibetano. Asimismo, Rashid al-Din informó de que en su tiempo circulaban por Irán al menos once textos budistas traducidos al árabe, entre ellos varios sutras de la tradición mahayana, como Los sutras de la tierra pura, y una exposición sobre Maitreya, el Buda futuro y encarnación del amor. No obstante, algunos aspectos de la descripción de Rashid al-Din resultan ser bastante fantasiosos. Por ejemplo, afirmó que antes del Islam, los habitantes de La Meca y de Medina eran budistas que adoraban en la Kaaba a ídolos con aspecto de Buda.
Poco más de cien años después, hacia 1425, Hafiz-i Abru, al servició del monarca timúrida Shahruj de Samarcanda, recopiló su Mayma al-tavarij (Compendio de la historia), con un capítulo dedicado a Buda y al Budismo que está basado en el trabajo de Rashid al-Din.
La última etapa: del siglo XV a la actualidad
Aunque numerosos relatos escritos por eruditos musulmanes incluyen descripciones de las creencias budistas, seguimos sin encontrar durante este periodo ni en los siguientes casos equivalentes de creencias islámicas descritas por autores budistas tibetanos o mongoles. Por ejemplo, en la Historia del Budismo en la India, escrita a comienzos del siglo XVII por el erudito tibetano Taranatha, el autor describe la destrucción de monasterios budistas a principios del siglo XIII en el norte de la India a manos de los ejércitos de musulmanes turcos durante la dinastía gurí; sin embargo, nada dice sobre la religión islámica en sí. Por otra parte, cuando musulmanes de Cachemira se asentaron en el Tíbet a mediados del siglo XVII debido a una hambruna en su tierra natal, siendo integrados en la sociedad tibetana, no hubo tampoco ningún diálogo doctrinal entre las dos religiones.
Además, los textos budistas indios, tibetanos o mongoles que hablan sobre creencias no budistas se centran casi siempre en el resto de religiones de origen indio. E incluso en los pocos casos en que esos textos van más allá del área cultural india, se ocupan de creencias no budistas de China o el Tíbet –sobre todo taoísmo y chamanismo–, pero apenas hablan del Islam. Solo encontramos una excepción a esta norma: la obra de Vanchinbalyn Injinash, el poeta, novelista e historiador mongol de mediados del siglo XIX, quien en su libro de ficción sobre la historia de Mongolia, titulado Köke Sudur (Triste crónica), señala que el Islam y el Budismo comparten algunos rasgos comunes. Como ejemplo, cita el hecho de que tanto los carniceros musulmanes como los budistas rezan una oración antes de sacrificar a algún animal.
Así pues, en general, los sabios budistas solo mostraron interés en otros sistemas religiosos cuando su propia religión se estaba difundiendo en áreas con religiones nativas que ya estaban asentadas, o en casos en los que el Budismo entraba en competencia con otros sistemas de creencias para obtener el apoyo de la clase gobernante o para ser adoptado como religión de Estado. Por el contrario, se mostraron poco interesados en otras religiones que se estuvieran difundiendo o trataran de hacerlo en regiones donde el Budismo ya era el principal sistema de creencias. Excepto durante un breve periodo en Irán, en la época de los kanes, el Islam nunca estuvo en situación de convertirse en la religión rival del Budismo, pues los contactos entre ambas religiones se producían casi siempre en contextos donde la religión budista era la mayoritaria o solía tener asegurado el apoyo de las clases dirigentes. Sin embargo, en el caso del Islam, y al margen de que pudiera existir un interés genuino por el Budismo entre los musulmanes, dicho interés se vio estimulado por el hecho de que los musulmanes se encontraban en pleno proceso de expansión y necesitaban aprender de los pueblos con lo cuales entraban en contacto.
Estos precedentes históricos parecen seguir caracterizando la situación actual, con la única diferencia de que el interés de los musulmanes hacia el Budismo ha decrecido en gran medida, debido probablemente a que en las zonas de contacto entre las dos religiones el estatus de Islam ha cambiado, pasando de ser una religión en proceso de expansión a una religión ya asentada.
Desde mediados del siglo XX, el Budismo se ha estado extendiendo por muchas zonas del mundo en las que otras religiones estaban ya asentadas desde hace mucho tiempo. Esto ha fomentado el diálogo interreligioso entre líderes budistas y líderes de otras religiones como el Judaísmo o el Cristianismo. Sin embargo, el Budismo no se ha difundido por territorios tradicionalmente islámicos. En cambio, por desgracia, el diálogo entre budistas y musulmanes se ha visto ensombrecido por conflictos de diversa naturaleza, motivados en gran medida por una larga rivalidad económica, social y política entre comunidades musulmanas y budistas en diversas zonas de Asia, que a menudo ha desembocado en una espiral de acciones violentas por parte de ambos bandos. En muchos casos, la situación se ha visto agravada por la intervención de un tercer actor: los poderes coloniales antiguos y modernos que pretenden ejercer su influencia política y económica sobre Asia y que a menudo han puesto y siguen poniendo en práctica el viejo lema de “divide y vencerás”.
Muchas personas tienden a pensar que la religión es la culpable de las conductas violentas, negando o ignorando los factores políticos, culturales, sociales, históricos y económicos involucrados, lo cual envenena aún más el conflicto, debido a la ausencia de un análisis correcto. Por ejemplo, no parece que la absurda y vergonzosa destrucción en 2001 de las estatuas gigantes de Buda en Bamiyan (Afganistán) a manos de los talibanes pueda atribuirse a que la religión islámica odie el Budismo o a cualquier otra razón religiosa, habida cuenta de que dichas estatuas permanecieron en pie durante más de mil quinientos años sin que los musulmanes afganos demostraran la más mínima intención de echarlas abajo durante todo ese tiempo.
Indonesia es un país donde los factores económicos han agravado las tensiones entre budistas y musulmanes. Al igual que su vecina Malasia, Indonesia tiene una mayoría de población musulmana, con minorías de chinos budistas que, en general, disfrutan de una posición económica más desahogada. Sin embargo, las relaciones entre ambas comunidades religiosas solo se han deteriorado de manera significativa en Indonesia, a partir de la crisis económica de finales de la década de 1990 y la caída del régimen de Suharto en 1998. Por su parte, Malasia ha mantenido una situación mucho más tranquila a este respecto, debido a una mayor estabilidad política y económica.
Otro caso lo podemos encontrar en Bangladesh, donde las tensiones y los enfrentamientos entre la mayoría musulmana y las minorías cristianas o budistas han aumentado desde los atentados terroristas de septiembre de 2001, y sobre todo a partir de 2003, cuando las tropas estadounidenses invadieron Irak y Afganistán, desatando su “guerra contra el terror”. Esto demuestra que la coyuntura política internacional puede influir en gran medida en la conducta de los ciudadanos, a pesar de que dicha conducta se exprese en términos religiosos y no estrictamente políticos. De hecho, aunque desde 1988 el Islam se había convertido en religión del Estado en Bangladesh, los enfrentamientos interreligiosos no aumentaron de manera reseñable hasta el periodo 2001-2003.
En cuanto a Myanmar, la actuación del gobierno actual y las políticas practicadas por los antiguos gobiernos coloniales se han combinado para degradar las relaciones entre la minoría musulmana de origen bengalí y la mayoría budista. La situación comenzó a deteriorarse en la época colonial, cuando los británicos dieron un tratamiento preferente a las minorías no budistas, provocando así el resentimiento de la población budista mayoritaria. Por su parte, el actual gobierno militar ha alimentado aún más los odios al marginar a los musulmanes, negándoles el derecho de ciudadanía y acusándolos de fomentar el odio de los budistas hacia ellos.
Otro caso en el que ha sido determinante la actuación de las potencias coloniales es Tailandia, donde las violencia entre musulmanes y budistas en el sur del país se remonta a principios del siglo XX, cuando, de acuerdo al tratado anglo-siamés de 1909, quedó establecida la frontera entre Siam y la Malasia británica, asegurando la autoridad tailandesa en las provincias musulmanas de Patán, Yala, Narathiwat y Satun, que anteriormente formaban parte de los sultanatos malayos de Patán y Kedah. Desde entonces, la autoridades tailandesas han sido incapaces de integrar por completo a la población musulmana del país en el seno de una sociedad mayoritariamente budista, a pesar de que el Estado tailandés ha tratado de encontrar soluciones a la violencia, impulsando el llamado Comité para la Reconciliación Nacional, el cual, entre otras cosas, patrocinó en 2005 una conferencia denominada “Diálogo entre el Budismo y el Islam: violencia y reconciliación”.[5]
El último de los grandes países asiáticos donde se ha producido un contacto significativo entre budistas y musulmanes es China, donde el imperialismo del gobierno central también ha jugado un papel determinante en las relaciones interconfesionales. La mayoría de los musulmanes chinos habitan en la provincia del Turquestán Oriental –llamada Sinkiang por el Estado chino– y son de origen uigur. Los uigures son de etnia y cultura turcas, y aceptaron el Islam en el siglo X. En 1759, los chinos manchúes invadieron y ocuparon el territorio del Turquestán Oriental, y salvo durante unos pocos años (1945-1949) durante los cuales lograron la independencia, han permanecido sometidos al gobierno chino desde entonces. La situación actual es tensa, pues el gobierno chino ha practicado una política sistemática de ocupación de tierras y de colonización mediante el envío masivo al Turquestán Oriental de población china no musulmana de etnia han. En cualquier caso, puede apreciarse claramente que no se trata de un enfrentamiento religioso, sino más bien de carácter político, aunque sí es cierto que la resistencia uigur se ha vertebrado en gran medida en torno a la reivindicación de su herencia islámica.[6] Otros grupos de musulmanes chinos menos numerosos habitan en el Tibet y en las regiones de Xian, Ningxia, Kansu o Shensi. Todos estos grupos musulmanes son catalogados por el gobierno chino como “nacionalidades”, dotando así a su especificidad religiosa de un carácter étnico. En cuanto a los musulmanes que no pertenecen a ninguna de estas “nacionalidades”, se les niega derechos básicos como adoptar nombres islámicos. Este es el caso de los hui, musulmanes pertenecientes a la etnia han, mayoritaria en el país, y que solo se distinguen de estos últimos en su afiliación religiosa.[7]
Aunque las situaciones de tensión entre musulmanes y budistas han sido relativamente habituales a lo largo de los últimos cien años, no es menos cierto que también se han multiplicado los esfuerzos de diálogo al más alto nivel entre ambas comunidades religiosas, encabezados por diversas instituciones internacionales. Tailandia, Indonesia, Japón, Turquía o Marruecos son solo algunos de los países donde se han puesto en marcha interesantísimos programas de diálogo a corto, medio y largo plazo entre musulmanes y budistas. Durante el encuentro que llevó por título “Budistas y musulmanes del sudeste asiático: trabajando por la justicia y la paz”, celebrado en junio de 2006 en Bangkok (Tailandia), se emitió un comunicado final que muy bien podría resumir el espíritu del diálogo interreligioso y la convivencia pacífica entre todos los seres humanos:
“El poder hegemónico del capitalismo global es la nueva ‘religión’ que amenaza con socavar la visión del mundo y los valores universales, espirituales y morales encarnados en el Budismo, el Islam y las otras religiones. Ésta es la razón por la que budistas, musulmanes y miembros de otras religiones deberían forjar una unidad y una solidaridad más profundas que permitieran ofrecer una visión alternativa de una civilización humana más justa, compasiva y universal.”
BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA
Alexander Berzin, “Buddhist-Muslim Doctrinal Relations: Past, Present, and Future”, en Perry Schmidt-Leukel (ed.), Buddhist Attitudes toward Other Religions, EOS Verlag, St. Ottilien, 2008, pp. 212-236.
VVAA., Common Ground between Islam & Buddhism: Spiritual and Ethical Affinities, Fons Vitae, Louisville, 2010.
Majid Teheranian y Daisaku Ikeda, Global Civilization: A Buddhist-Islamic Dialogue, I. B. Tauris, Londres, 2008.
José Francisco Cutillas Ferrer (ed.), La vida de Buda (Al Kitab Bilwhar va Budasf según al versión persa), Universidad de Alicante, 2006.
[1] Artículo publicado en la revista Alif Nûn nº 100, enero de 2012.
[2] Otros artículos de la autora:
“El Islam en el Egipto contemporáneo”, revista Alif Nûn nº 66,
diciembre de 2008; “La crisis de identidad en Oriente Medio”, revista
Alif Nûn nº 87, noviembre de 2010.
[3] Para más información sobre
los gaznawíes, véase Redacción Alif Nûn, “La India musulmana: desde la llegada del Islam hasta la caída del sultanato de Delhi”, revista Alif
Nûn nº 38, mayo de 2006.
[4] Para más información, véase El mensaje del Islam, “Al-Biruni,un precursor de la ciencia moderna”, en revista Alif Nûn nº 49, mayo de 2007.
[5] Para más información, véase
Michel Gilquin, Los musulmanes de Tailandia, Irasec / Kálamo Libros,
Córdoba, 2004.
[6] Para más información, véase
Haroon Moghul, “La frontera invisible del Islam: los musulmanes del Turquestán Oriental”, en revista Alif Nûn nº 73, julio de 2009.
[7] Para más información, véase Ellisabeth Halles, Musulmanes de China: antropología de los Hui de Henan, Bellaterra, Barcelona, 2008.






