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martes, 13 de enero de 2026

Quizá sea la revolución islámica de Irán uno de los acontecimientos históricos peor comprendidos del siglo XX, incluso dentro del propio mundo musulmán. Ha generando las opiniones más extremas, que van desde la adhesión inquebrantable y su aclamación como luz y guía para la liberación de los pueblos oprimidos hasta su condena más firme y su declaración como modelo de una sociedad retrógrada y anacrónica. De cualquier modo, todos estos puntos de vista han servido para atraer la atención sobre este fenómeno de dimensiones sociales, económicas, políticas y religiosas que, sin duda, ha influido e influirá de manera decisiva, no sólo sobre el devenir de un país como Irán sino sobre la totalidad de la comunidad islámica mundial y, como consecuencia, sobre el mundo entero. Desde estas páginas trataremos de hacernos eco de los esfuerzos, triunfos y derrotas de un pueblo que, al margen de los posibles juicios morales, ha luchado y lucha –tanto apoyando como oponiéndose a la revolución– por la recuperación de su identidad y por vivir de acuerdo a sus costumbres y creencias.

¿POR QUÉ HA SOBREVIVIDO LA REPÚBLICA ISLÁMICA DE IRÁN?[1] 

Ervand Abrahamian[2] 

La defunción de la República Islámica de Irán fue pronosticada incluso antes de su nacimiento. Durante los agitados meses de 1979, antes de que se declarara oficialmente la República Islámica, muchos iraníes y extranjeros –tanto académicos como periodistas, participantes como observadores, conservadores como revolucionarios– pronosticaron con convicción su inminente desaparición. Considerando cada protesta callejera, cada huelga y cada conflicto provincial como un presagio de su inevitable caída, daban al nuevo régimen unos pocos meses de vida o, en el mejor de los casos, unos pocos años.

Tales predicciones eran comprensibles. Después de todo, Irán –por no decir la historia del mundo– ha producido pocas teocracias completamente maduras. Regímenes que a menudo pasaban por ser teocracias, después de un examen más detallado han resultado no serlo. La Inglaterra de Cromwell estaba controlada por los generales y la aristocracia terrateniente. Eran los príncipes, y no los predicadores, quienes gobernaban los estados luteranos. Incluso la Ginebra de Calvino, uno de los primeros estados totalitarios, estaba administrada por juristas laicos, en lugar de seminaristas.[3] Además, pocos en 1979 podían contemplar la posibilidad de que clérigos formados en el seminario pudieran administrar un país que había experimentado medio siglo de moderno desarrollo y que era el hogar de cientos de miles de ingenieros, doctores, científicos, funcionarios, profesores y trabajadores de la industria. ¿Cómo podrían los mullahs, imbuidos por los escritos esotéricos medievales, ocuparse de los formidables problemas del siglo XX? No hacía falta ser trotskista en 1979 para pensar que la caída del Shah prepararía el terreno, de manera rápida e inevitable, para una más profunda “revolución permanente”.[4]

A pesar de los pronósticos, la República Islámica no sólo ha sobrevivido, sino que en los últimos años ha sido presentada como la mayor potencia de Oriente Medio que amenaza tanto a sus vecinos como a la única superpotencia mundial. En los Estados Unidos a menudo es descrita como una mezcla entre el Imperio Sasánida y el Tercer Reich, entre el antiguo califato y la Unión Soviética. Dejando de lado las razones geopolíticas por las cuales se ha engordado la imagen de un Estado del Tercer Mundo con un ejército de cuarta categoría, la pregunta que merece la pena plantear es: ¿Cuáles son las razones por las que la República Islámica ha sobrevivido durante tanto tiempo?

Cuatro respuestas acuden fácilmente a nuestra mente. Ninguna, sin embargo, resiste un examen detallado. La primera es que el régimen clerical ha desencadenado el reino del terror. Es cierto que la República Islámica a veces ha empleado la violencia: en 1979, inmediatamente después de la revolución, cuando ejecutó a 757 personas, muchas de ellas miembros del régimen del Shah; entre 1981 y 1985, cuando aplastó una sublevación de los cuasi-marxistas Muyahidin Jalk, ejecutando a 12.500; y en 1988, inmediatamente después de la guerra de ocho años contra Irak, cuando ahorcó a 2.000 prisioneros, muchos de ellos, una vez más, Muyahidin. Pero este baño de sangre, absurdo como es, palidece en comparación con la violencia que acompañó a otras grandes revoluciones, en especial las de Inglaterra, Francia, México, Rusia y China. También palidece si lo comparamos con las carnicerías de las contrarrevoluciones de derechas en Indonesia, América Central e incluso Francia, en 1848 y 1870. Además, la violencia también se cobró sus víctimas dentro del régimen, incluyendo a un presidente, un primer ministro y el ayatolá Mohammad Beheshti, líder en la sombra dentro del clero, así como varios miembros del gabinete ministerial, diputados del parlamento, jueces, personas encargadas de dirigir la oración del viernes y miembros de los Guardianes de la Revolución Islámica. En general, la violencia, más que fortalecer a la República Islámica, la ha debilitado.

La segunda razón que a menudo se invoca para explicar la supervivencia de la República Islámica es la guerra entre Irán e Iraq (1980-1988). Es cierto que la invasión inicial de los iraquíes reunió a la nación en torno al gobierno. Pero la reanudación de los combates a lo largo de la frontera iraquí en mayo de 1983, bajo el eslogan de “guerra, guerra hasta la victoria” y “el camino a Jerusalén pasa por Bagdad” perjudicó mucho a la República Islámica. La mayoría de los daños sufridos por Irán en términos de vidas humanas, destrucción de las ciudades y pérdidas financieras proviene de estos últimos cinco años de contienda, tras los cuales el ayatolá Ruhollah Jomeini tuvo que aceptar en 1988 las condiciones que ya le habían sido ofrecidas en mayo de 1983. El régimen llamó a la contienda “la Guerra Impuesta”, pero esta le fue impuesta a Irán de muy diversas maneras.

La tercera explicación que habitualmente se cita son los ingresos por el petróleo. Es cierto que el dinero del petróleo lubrica la maquinaria del gobierno en Irán, al igual que en los “estados rentistas” vecinos. Pero las rentas del petróleo no son ni una maldición ni una tabla de salvación que asegure el ascenso o la caída de absolutamente todos los regímenes. Después de todo, el petróleo no garantizó la supervivencia del Shah. Además, la República Islámica ha sufrido desde 1979 las fluctuaciones tremendamente imprevisibles en el precio internacional del petróleo. Después de alcanzar los 39 dólares por barril en 1981, el precio del petróleo alcanzó un nuevo mínimo de 9 dólares en 1986, rondó los 20 dólares a finales de los ochenta, subió a 32 dólares en 1991 y bajó de nuevo hasta los 10 dólares en 1999. Los precios del petróleo no volvieron a recuperarse hasta la invasión norteamericana de Iraq en 2003. Las últimas décadas han presenciado tanto periodos de escasez como de abundancia.

El shi‘ísmo es la cuarta razón que se aduce para explicar la revolución islámica y la supervivencia de la República Islámica. Es cierto que no se pueden analizar las manifestaciones masivas de 1978 sin tener en cuenta el factor religioso. Así lo demuestra el poderoso eslogan “todos los lugares son Karbala’, todos los meses son muharran, todos los días son Ashura”.[5] Pero si el shi‘ísmo es la verdadera clave, entonces nos enfrentamos a la pregunta de por qué en Irán, que ha sido mayoritariamente shi‘í desde 1500, no se ha producido una revolución islámica hasta 1979. Durante la mayor parte de estos 470 años, el shi‘ísmo ha sido considerado, en el mejor de los casos, apolítico y quietista, y en el peor, conservador y reaccionario. Ningún historiador puede creerse la explicación oficial de que el imperialismo, la monarquía y el sionismo tergiversaron el shi‘ísmo durante siglos, y que el mundo tuvo que esperar la llegada de Jomeini para desvelar la verdadera naturaleza revolucionaria del Islam. La idea de que la república ha sobrevivido porque es islámica es una tautología.

Si estas explicaciones convencionales no bastan, ¿cómo explicarlo, entonces? La respuesta no se encuentra en la religión, sino en el populismo económico y social. Desde comienzo de los años setenta, Irán produjo una generación de intelectuales radicales que no solo eran revolucionarios en su política –deseaban reemplazar la monarquía por una república– sino también en sus planteamientos económicos y sociales. Deseaban transformar tanto la raíz como las ramificaciones del sistema de clases. El pionero fue un joven intelectual llamado Ali Shariati, quien no vivió lo suficiente para ver la revolución, pero cuyas enseñanzas alimentaron el movimiento revolucionario. Inspirado por los argelinos, el Che Guevara y Ho Chi Minh, Shariati dedicó su corta vida a reinterpretar el shi‘ísmo como una ideología revolucionaria y a sintetizarlo con el marxismo. Produjo lo que podría llamarse una versión shi‘í de la teología católica de la liberación. Sus enseñanzas no sólo tocaron la fibra sensible de los estudiantes de instituto y los universitarios, sino también la de los seminaristas más jóvenes. Estos teólogos en ciernes podían aceptar fácilmente las enseñanzas de Shariati, excepto su ocasional anticlericalismo. Un estudiante de teología llegó a describir al Imam Husain como un antiguo Che Guevara y a Karbala’ como Sierra Madre. La mayoría de quienes organizaron las manifestaciones y los enfrentamientos en las calles y los bazares durante los turbulentos meses de 1978 eran estudiantes de instituto y universitarios inspirados en su mayoría por Shariati. Sus frases de moda –que tenían más en común con el populismo del Tercer Mundo que con el shi‘ísmo tradicional– formaron parte, a veces a través de Jomeini, de los eslóganes y las pancartas exhibidos a lo largo de toda la revolución. Algunos de los más típicos fueron: 

¡Nuestro enemigo es el imperialismo, el capitalismo y el feudalismo!
¡El Islam pertenece a los oprimidos, no a los opresores!
¡Oprimidos del mundo, unios!
¡El Islam no es el opio del pueblo!
¡El Islam lucha por la igualdad y la justicia social!
¡El Islam representa a los proletarios, no a quienes viven en palacios!
¡El Islam eliminará las diferencias de clase!
¡El Islam proviene de las masas, no de los ricos!
¡El Islam mejorará la situación de los desposeídos!
¡Luchamos por el Islam, no por el capitalismo ni el feudalismo
¡El Islam liberará al hambriento de las garras de los ricos!
¡El pobre luchó con el Profeta, el rico luchó contra él!
¡El pobre muere por la revolución, el rico conspira contra ella!
¡Independencia, libertad, república islámica!
¡Libertad, igualdad, república islámica!

Este populismo no sólo ayuda a explicar el éxito de la revolución, sino también la longevidad de la República Islámica. La Constitución de la República, con 175 cláusulas, transformó estas aspiraciones generales en promesas específicas que quedaron registradas por escrito. Prometió eliminar la pobreza, el analfabetismo, la infravivienda y el desempleo. También se comprometió a ofrecer a la población educación gratuita, acceso a la atención médica, viviendas decentes, pensiones de jubilación y de invalidez, y seguro por desempleo. La constitución declara que “el gobierno tiene la obligación legal de proporcionar los servicios mencionados a todos los individuos del país.” En resumen, la República Islámica prometió crear un Estado del bienestar en toda la extensión de la palabra, en el sentido europeo del término, no en el sentido despectivo empleado por los americanos.

En el tiempo transcurrido desde la revolución, la República Islámica –a pesar de su pobre imagen en el exterior– ha dado importantes pasos para cumplir estas promesas, y lo ha hecho dando prioridad a los gastos sociales frente a los militares, de modo que ha ampliado de manera espectacular los ministerios de Educación, Sanidad, Agricultura, Trabajo, Vivienda, Sanidad y Seguridad Social. Los gastos militares consumían al menos el 18% del producto interior bruto en los últimos años del Shah, y ahora se han reducido al 4%. El Ministerio de Industria también ha crecido debido en gran medida a que, entre 1979 y 1980, el Estado se apropió de muchas grandes empresas cuyos propietarios habían huido del país. La alternativa habría sido clausurarlas y provocar un desempleo masivo. Puesto que la mayor parte de estas empresas había funcionado únicamente debido a las subvenciones del antiguo régimen, el nuevo régimen no tuvo más remedio que seguir subvencionándolas.

El régimen está cerca de eliminar el analfabetismo entre las generaciones posteriores a la revolución, reduciendo el porcentaje total del 53 al 15%.[6] El porcentaje entre las mujeres ha disminuido del 65 al 20%.[7] El Estado ha incrementado el número de estudiantes de primaria de 4.768.000 a 5.700.000; los de secundaria, de 2,1 millones a más de 7,6 millones; los de escuelas técnicas, de 201.000 a 509.000 y los universitarios, de 154.000 a más de 1,5 millones. El porcentaje de mujeres dentro de la población universitaria ha subido del 30 al 62%.[8] Gracias a los centros médicos, la expectativa de vida al nacer ha aumentado de 56 a 70 años[9], y la mortalidad infantil ha descendido del 10,4 al 2,5%.[10] También gracias a los centros médicos, la tasa de natalidad –número de nacimientos por cada mil habitantes– ha caído desde 32, su punto más alto, a 21[11], y el índice de fecundidad –el promedio de hijos de una mujer a lo largo de su vida– de 7 a 3. Se estima que este caerá hasta los dos hijos por mujer en 2012; en otras palabras, en un futuro cercano, Irán estará cerca de alcanzar un crecimiento cero de población.[12]

La República Islámica de Irán ha disminuido el abismo entre la vida urbana y la rural, en parte subiendo los precios de los productos agrícolas –si los comparamos con otros artículos de consumo– y en parte introduciendo escuelas, centros médicos, carreteras, electricidad y agua corriente en el campo. Por primera vez en la historia, los aldeanos pueden permitirse los bienes de consumo, incluyendo motocicletas y furgonetas. De acuerdo a un economista que, en general, es crítico con el régimen, el 80% de las familias rurales dispone de frigorífico, el 77% de televisor y el 76% de cocina de gas.[13] Unas 220.000 familias campesinas han recibido además 850.000 hectáreas de tierra confiscada a la antigua élite. Estas familias, junto a unas 660.000 más que habían obtenido tierra durante la primera Revolución Blanca,[14] forman una importante clase campesina que no solo se ha beneficiado de estos nuevos servicios sociales, sino también de las cooperativas subvencionadas por el Estado y de las barreras arancelarias proteccionistas. Esta clase campesina proporciona al régimen una base social rural.

El régimen también ha abordado los problemas de la pobreza en las ciudades. Ha sustituido las chabolas por viviendas de renta baja, ha arreglado los peores barrios y ha llevado la electricidad, el agua y el alcantarillado a los barrios de la clase trabajadora. Según admitió una periodista muy crítica hacia la política económica del régimen, “Irán se ha convertido en un país moderno con pocos signos visibles de miseria.”[15] Además, ha complementado los ingresos de las clases bajas –tanto rurales como urbanas– con generosos subsidios en forma de alimentos, combustible, gas, electricidad, medicina y transportes públicos. El régimen puede que no haya erradicado la pobreza ni reducido significativamente la brecha entre ricos y pobres, pero ha proporcionado a las clases bajas un sistema de ayudas. En palabras del economista independiente antes citado, “la pobreza ha disminuido hasta un nivel envidiable para tratarse de un país en desarrollo con ingresos medios.”[16]

Además de ampliar sustancialmente los principales ministerios, la República Islámica también ha fundado numerosas instituciones semi-independientes, como la Fundación de Ayuda a los Desheredados (Mostazafin), la Fundación de Ayuda a los Mártires, la Fundación para la Construcción de Viviendas, la Fundación Alavi o la Fundación del Imam Jomeini. Encabezadas por clérigos u otras personas nombradas por el Líder Supremo y leales a este, estas fundaciones llegan a representar en su conjunto el 15% de la economía del país y manejan un presupuesto que asciende a la mitad del del gobierno central. Muchos de sus activos son negocios confiscados a la antigua élite. La mayor fundación, la de los Mostazafin, administra 140 fábricas, 120 explotaciones mineras, 470 industrias agropecuarias, 100 empresas de construcción e innumerables cooperativas rurales. También posee dos de los principales periódicos del país, Ettelaat y Keyhan. Según The Guardian, en 1993 la fundación empleaba a 65.000 personas y tenía un presupuesto anual cercano a los diez mil millones de dólares.[17] En la práctica, algunas de estas fundaciones también presionan para proteger el sistema universitario de cuotas para los veteranos de guerra y juntas ofrecen miles de millones en forma de salarios y subsidios que incluyen pensiones, viviendas y seguros médicos. En otras palabras, son pequeños estados del bienestar dentro de un Estado del bienestar mayor. El importante papel que juega el Estado del bienestar convierte estos gastos en el tercer eje de la política iraní. Pocos políticos iraníes –ya sean conservadores o progresistas, reformistas o fundamentalistas, radicales o moderados, favorables a la patronal o al obrero– son lo bastante temerarios como para seguir dentro y fuera del país los consejos de los economistas de la Escuela de Chicago, quienes denuncian los “riesgos morales” de la intervención estatal, y sin embargo se muestran entusiasmados con las “virtudes” del libre mercado, la privatización, la ausencia de intervención estatal, la competencia entre empresas, el rendimiento, el espíritu empresarial, la globalización y la entrada en la Organización Mundial del Comercio. De hecho, la mayoría de los políticos posteriores a la revolución ha suscrito en mayor o menor grado el populismo económico. Algunos, como los antiguos presidentes Ali Akbar Hashemi-Rafsanyani y Mohammad Jatami, eran discretos populistas que se avergonzaban de manipular los programas sociales. Otros, como Mahmud Ahmadineyad, son populistas empedernidos que prometen “llevar el dinero del petróleo hasta la mesa del comedor de la gente” mediante una mayor expansión de los programas sociales. No sería realista contemplar recortes drásticos en el sistema de ayudas, aunque hay límites para el populismo: por ejemplo, Ahamdineyad estableció un tope para las subvenciones a la gasolina.

A corto plazo se pondrán a prueba la habilidad del régimen para compaginar las exigentes demandas de estos programas populistas con las de una clase media educada, en especial la multitud cada vez mayor de graduados universitarios que, irónicamente, son el producto de uno de los principales éxitos de la revolución. Este nuevo colectivo no sólo necesita trabajo y un nivel de vida decente, sino también mayor movilidad social, acceso al mundo exterior –con todos los peligros que ello conlleva, en especial para las bien protegidas industrias nacionales– y, asimismo, la creación de una sociedad civil viable. El régimen podría atender estas formidables demandas si encuentra nuevas fuentes de ingresos derivadas del gas y el petróleo, aunque para hacer eso necesitará mejorar mucho sus relaciones con Washington, con el fin de que las sanciones económicas puedan ser levantadas. Si no se levantan estas sanciones, Irán no podrá acceder a la tecnología y el capital necesarios para explotar sus grandes reservas de gas, y si no se obtienen nuevos ingresos, la política de clases amenaza con surgir de nuevo. Durante décadas, el populismo ha conseguido rebajar el filo cortante de la política de clases. Puede que no sea así en el futuro. 

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA 

     - Revista Hesperia nº 5. Especial Irán, Fund. J.L. Pardo / Tres Culturas, Madrid, 2005.
- Keddie, Nikki R., El Irán moderno, Belacqva, Barcelona, 2007.
- Khosrokhavar, Farhad / Roy, Oliver, Irán, de la revolución a la reforma, Bellaterra, Barcelona, 2000.
- Tréan, Claire, Irán. Entre la amenaza nuclear y el sueño occidental, Península, Barcelona, 2006.
- Merinero Martín, Mª Jesús, Irán: Hacia un desorden prometedor, La Catarata, Madrid, 2001.
- Merinero Martín, Mª Jesús, La República islámica de Irán, La Catarata, Madrid, 2004.
- VV.AA, La situación de seguridad en Irán, Ministerio de Defensa, Madrid, 2007.
- Abdelkhah, Fariba, La revolución bajo el velo. Mujer iraní y régimen islamista, Bellaterra, Barcelona, 1996.
- Amrei Rahman, “Irán: luces y sombras de una revolución”, en revista Alif Nûn nº 32, noviembre de 2005.
- Roberto Marín Guzmán, “El derrumbe del viejo orden en Irán”, en revista Alif Nûn nº 46, febrero de 2007.


[1] Artículo publicado en Middle East Report, nº 250, marzo de 2009. Traducción y adaptación al castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn. Publicado en castellano en la revista Alif Nûn nº73, julio de 2009. (Nota de la Redacción).

[2] El autor es un académico iraní de origen armenio. Nacido en Teherán (Irán) en 1940, ha estudiado Historia en la Universidad de Oxford (Reino Unido) y en la de Columbia (EE.UU.). Ha sido profesor de Historia, entre otras, en las universidades de Princeton, Nueva York y Oxford y en el Baruch College de Nueva York, y es autor de varios títulos como Iran Between Two Revolutions, The Iranian Mojahedin, Khomeinism, Tortured Confessions, Inventing the Axis of Evil o A History of Modern Iran. (Nota de la Redacción).

[3] En el caso de la Ginebra de Calvino, no obstante, un consistorio de ancianos y de pastores dotado de amplios poderes vigilaba y reprimía ciertas conductas: fueron prohibidos y perseguidos el adulterio, la fornicación, el juego, la bebida, el baile y las canciones consideradas obscenas, y se hizo obligatoria la asistencia regular a los servicios religiosos. Todas estas prescripciones, salvo la obligación de acudir a los oficios religiosos, coinciden de manera sorprendente con el caso de la República Islámica de Irán. (Nota de la Redacción).

[4] La revolución permanente es el título de una obra de León Trotsky. (Nota de la Redacción).

[5] El imam Husein, nieto del Profeta Muhammad y tercero de los doce imames según la perspectiva del Islam shi‘í, murió asesinado junto a toda su familia en la ciudad de Karbala’ (Iraq) el 10 de muharram de 60 d.H  (10 de octubre de 680 d.C.) a manos del Yazid, el gobernador Omeya de la región. Desde entonces, los musulmanes shi‘íes celebran este acontecimiento conmemorando su martirio durante la festividad de Ashura. (Nota de la Redacción).

[6] La mayoría de estas estadísticas han sido tomadas de informes del gobierno. Para un resumen actualizado de estos informes, véase Middle East Institute, The Iranian Revolution at 30, Washington D.C., 2009.

Los últimos datos de laUNESCO correspondientes a 2022 arrojan una tasa total de alfabetización del 89%, y entre los jóvenes del 99%. Para más información, pinchar aquí (Nota de la Redacción)

[7] En 2022, la tasa de alfabetización de mujeres era del 84,87%, alcanzando el 98,93% entre las jóvenes. Para más información, pinchar aquí. (Nota de la Tedacción)

[8] Sin embargo, según el Banco Mundial, en 2023 solo representaban el 14,2% del total de la fuerza laboral. Para más información, pinchar aquí. (Nota de la Redacción).

[9] En 2023, la esperanza de vida en Irán fue de 79,6 años. Para más información, pinchar aquí (Nota de la Redacción)

[10] Según el Banco Mundial, la mortalidad infantil en 2023 fue del 1,1%. Para más información, pinchar aquí (Nota de la Redacción).

[11] En 2023, la tasa de natalidad en Irán fue de 12,95. Para más información, pinchar aquí (Nota de la Redacción)

[12] En 2023, el índice de natalidad en Irán fue de 1,7 hijos por mujer. Para más información, pinchar aquí (Nota de la Redacción).

[13] Djavad Salehi-Isfahani, “Poverty and Inequality Since the Revolution,” The Iranian Revolution at 30, Middle East Institute, Washington D.C., 2009, p. 107.

[14] Bajo influencia norteamericana, el Shah Reza  Pahlevi inició en 1962 la llamada “Revolución Blanca”, durante la cual se promulgó una ley de reforma agraria y se concedió el derecho al voto de la mujer, con la oposición de los sectores más conservadores del clero y de la sociedad civil. La tierra se repartió entre los campesinos que, a cambio, debían solicitar los préstamos a los bancos de la familia real, y ésta se reservaba para sí una parte de las tierras no entregadas a los campesinos. Para más información, pinchar aquí. (Nota de la Redacción).

[15] Laura Secor, “The Rationalist,” New Yorker, 2 de febrero de 2009.

[16] Salehi-Isfahani, p. 105.

[17] The Guardian, 9 de julio de 1993.

miércoles, 25 de junio de 2025

El artículo que hoy presentamos, escrito en 2007, argumenta que el conflicto entre Israel e Irán, aunque envuelto en retórica ideológica, responde principalmente a intereses estratégicos. Esta tesis cobra nueva relevancia en el conflicto de junio de 2025, cuando ambos países se enfrentaron directamente tras años de tensiones latentes. A pesar del discurso religioso y nacionalista, las acciones militares —como los ataques israelíes a instalaciones nucleares iraníes y la respuesta de Teherán— reflejan una lucha por la supremacía regional y la disuasión estratégica, tal como anticipó el autor hace casi dos décadas.

BAJO EL VELO DE LA IDEOLOGÍA: 
LA RIVALIDAD ESTRATÉGICA ENTRE ISRAEL E IRÁN[1] 

Trita Parsi[2]

Trita Parsi

Cuando el presidente de Irán, el radical Mahmud Ahmadineyad, dijo en octubre de 2005 que Israel debería ser “borrado del mapa”, el mundo parecía estar a años luz del final de la historia.[3] Parecía que los ideólogos habían tomado una vez más las riendas del poder, reiniciando una batalla en la cual no puede haber posibilidad de diálogo o de una tregua negociada, sino tan sólo la victoria de una idea sobre la otra.

Incluso antes de que Ahmadineyad recuperara del basurero de la historia el dañino discurso antiisraelí del ayatollah Ruhollah Jomeini, las tensas relaciones entre Irán e Israel a menudo eran consideradas como uno de los últimos enfrentamientos ideológicos de la historia. Por un lado estaba Israel, descrito como una democracia en una región acosada por el autoritarismo, y como un puesto avanzado del racionalismo ilustrado en Oriente. Por otro lado estaba la República Islámica de Irán, descrita como un régimen clerical retrógrado cuyo rechazo hacia Occidente y deseo de hablar en nombre de todos los musulmanes quedaba simbolizado por su negativa a reconocer el derecho de Israel a existir.

Sin embargo, el enfrentamiento entre Israel e Irán es mucho más complejo de lo que esta interpretación de carácter ideológico pudiera dar a entender. Centrarse en exclusiva en las acusaciones mutuas entre los dos países ha impedido una comprensión más profunda de la naturaleza estratégica de este conflicto. Que el conflicto es estratégico lo prueba el hecho de que en el pasado existiese una cooperación entre Israel e Irán. Antes de la caída del sha, el punto de vista habitual en ambos países era que Irán e Israel, dos naciones no árabes rodeadas por un mar de “árabes hostiles por naturaleza”, eran aliados naturales. De hecho, a la vez que Irán e Israel se enfrentaban en común a la “amenaza árabe”, forjaron estrechos lazos secretos en el ámbito de la seguridad que sobrevivieron tras la revolución islámica de 1979. No sólo el sha comerció y cooperó con los israelíes, sino que Jomeini también puso de su parte en las relaciones con Israel.

Pero desde la caída del sha, y especialmente a partir de los años noventa, el discurso de condena mutua entre Irán e Israel ha impedido ver a la mayoría de los observadores el interés compartido por estas dos potencias no árabes de Oriente Medio: la necesidad acuciante de presentar un conflicto fundamentalmente estratégico como si se tratase de un enfrentamiento ideológico.

“La muerte llama a nuestra puerta”

Desde finales de 1992, Israel ha seguido una política que persigue el aislamiento internacional de Irán. Según un antiguo embajador israelí en Washington, los responsables políticos en Tel Aviv consideraban como una amenaza el posible acercamiento entre los EE.UU. e Irán, pues la mejora de las relaciones entre Washington y Teherán podría ir en detrimento del peso estratégico de Israel en la región.[4] Resulta irónico que el cambio de rumbo con respecto a Irán tuviera lugar durante el gobierno laborista encabezado por Yitzhak Rabin y Shimon Peres, dos líderes que sólo unos pocos años antes habían iniciado los intentos para mejorar las relaciones entre los EE.UU. y el Irán de Jomeini, lo cual culminaría con el escándalo Irán-Contra.[5]

El discurso incendiario empleado por Rabin y Peres no tenía precedentes. Peres, por entonces ministro de asuntos exteriores de Israel, acusó a Irán de “avivar las llamas en todo Oriente Medio”, insinuando que el fracaso a la hora de solucionar el conflicto entre Israel y Palestina se debía a la intromisión de Irán, y no a los errores de israelíes y palestinos.[6] En enero de 1993, el primer ministro Rabin dijo en el Knesset [Parlamento] que “el combate de Israel contra el sanguinario terrorismo islámico… tiene la intención de despertar al mundo de su letargo” con respecto a los peligros del fundamentalismo shií. “La muerte llama a nuestra puerta”, dijo Rabin refiriéndose a la amenaza iraní, aunque sólo cinco años antes había afirmado que Irán era un aliado estratégico.[7]

Los políticos israelíes comenzaron a pintar al régimen de Teherán como fanático e irracional. Decían que era obvio que buscar un acuerdo con esos “mullahs [clérigos] locos” era una tarea imposible. En lugar de eso, pidieron a los EE.UU. que, junto al Irak de Saddam Hussein, clasificara a Irán como un Estado delincuente al cual era necesario “contener”.

Inmune a la disuasión

En un principio, los dirigentes estadounidenses se mostraron escépticos en relación al cambio de opinión de Israel con respecto a Irán, aunque los israelíes ya expresaban el mismo argumento que hoy en día, es decir, que el programa de investigación nuclear iraní pronto permitiría a los clérigos con turbante acceder a la bomba atómica. Clyde Haberman, del New York Times, escribió en noviembre de 1992: “resulta sorprendente que los israelíes hayan esperado tanto tiempo para hacer sonar la alarma con respecto a Irán, a menos que simplemente se deba a que el potencial nuclear iraní ha crecido hasta un punto preocupante.” Haberman añade: “Durante años, Israel estuvo dispuesto a hacer negocios con Irán, a pesar de que los mullahs en Teherán pedían a gritos el final de la ‘entidad sionista.’”[8] Sin embargo, con el tiempo, el argumento de los “mullahs locos” terminó calando. Después de todo, los propios iraníes fueron de gran ayuda a la hora de vender ese argumento a Washington.

Desde la perspectiva israelí, era más fácil recibir el apoyo de los estados occidentales subrayando las supuestas tendencias suicidas de los clérigos y la aparente insistencia de Irán en la idea de destruir Israel. Mientras que los líderes iraníes fueran considerados como irracionales, tácticas convencionales como la disuasión se volverían imposibles, dejando a la comunidad internacional sin ninguna opción, salvo la tolerancia cero hacia el potencial nuclear iraní. Según este argumento, ¿cómo podría ser de fiar un país como Irán, con tecnología nuclear, si sus líderes son inmunes a la disuasión que representan las cabezas nucleares de Occidente, más grandes y numerosas?

La estrategia israelí consistía en asegurarse de que el mundo –y en especial Washington– no viera el conflicto entre Israel e Irán como un enfrentamiento entre dos rivales que pugnan por la preeminencia militar en una región caracterizada por su estado de desorden y carente de una jerarquía clara. En su lugar, Israel describió el conflicto como una pugna entre la única democracia en Oriente Medio y una teocracia intolerante que odia todo lo que Occidente representa. Planteado en esos términos, la lealtad de los estados occidentales a Israel ya no era una cuestión de elección o de interés político real.

Defendiendo un ideal de boquilla

Resulta irónico que Irán también prefiriera situar el conflicto en un marco ideológico. Cuando la revolución barrió Irán en 1979, los nuevos líderes islámicos renunciaron a la identidad nacionalista persa del régimen Pahlavi, pero no a su anhelo de conseguir el estatus de gran potencia para Irán. Mientras que el sha ambicionaba la soberanía sobre el Golfo Pérsico y algunas partes del Océano Índico, a la vez que esperaba convertir a Irán en el Japón de Asia Occidental, el gobierno de Jomeini deseaba la hegemonía en todo el mundo islámico. Los medios del sha para alcanzar su objetivo fueron un poderoso ejército y unos vínculos estratégicos con los Estados Unidos. El ayatollah, por su parte, se basó en su concepción del Islam y su ardor ideológico para superar la división entre árabes y persas, y debilitar a los gobiernos árabes que se oponían a las ambiciones de Irán.

A lo largo de los años ochenta, cuando los intereses estratégicos de Irán lo obligaron a cooperar con Israel para repeler la invasión del ejército iraquí, el gobierno de Jomeini buscaba ocultar sus relaciones con Israel elevando aún más los excesos retóricos contra este país. En 1981, por ejemplo, el ayatollah Jomeini introdujo durante ramadán el llamado “Día de al-Qods” (“Día de Jerusalén”), precisamente para defender de boquilla la causa palestina, a la vez que su régimen planeaba comprar armas al Estado al que denunciaba como “ocupante de Jerusalén”.

Cuanto más presionaban Yasser Arafat y el resto de líderes de la OLP al régimen iraní para que cumpliera sus promesas a los palestinos, más empleaba Jomeini el arma del lenguaje para ocultar el hecho de que Irán rechazara adoptar ninguna medida concreta contra Israel.

La luna de miel entre Irán y la OLP se deterioró desde un principio. Arafat y su séquito de cincuenta y ocho representantes de la OLP se presentaron sin invitación en Teherán, el 18 de febrero de 1979, sólo unos días después de la victoria de la revolución.[9] Aunque los revolucionarios se vieron sorprendidos, varios funcionarios iraníes recibieron a Arafat en el aeropuerto y ofrecieron a los palestinos los mejores alojamientos del antiguo Club del Gobierno, en la calle Fereshteh, al norte de Teherán.[10] Horas después de llegar, Arafat celebró un encuentro de dos horas con el ayatollah Jomeini. Para sorpresa de Arafat, Jomeini fue muy crítico con la OLP y sermoneó al líder palestino sobre la necesidad de abandonar las tendencias izquierdistas y nacionalistas para así llegar a las raíces islámicas de la cuestión palestina.[11] Los dos revolucionarios no se volvieron a reunir nunca más.

Arafat comprendió rápidamente que el Irán islámico sólo prestaría a los palestinos su apoyo verbal. La importante ayuda palestina a la oposición iraní contra el sha –sobre todo a grupos de izquierda como los Moyahedin-e Jalq– sencillamente no produciría el rendimiento esperado.[12] A pesar de su retórica antiisraelí, Jomeini, por ejemplo, rechazó una petición de enviar cazas de combate iraníes F-14 al Líbano, donde la OLP estaba combatiendo contra el ejército israelí, junto a los aliados sirios y libaneses, lo que indica una vez más que Irán no tenía la intención de jugar un papel activo al lado de los árabes y en contra Israel, más allá de sus condenas verbales al Estado judío.[13] Así pues, los iraníes mostraron poco interés en prestar un apoyo práctico a los palestinos, incluso antes de que Arafat y los estados árabes (excepto Siria y Libia) apoyaran con todas sus fuerzas a Saddam Hussein durante la guerra entre Irán e Irak.

Los diplomáticos estadounidenses en Irán tomaron nota de las tensas relaciones de Jomeini con la OLP. Un informe confidencial enviado a Washington en septiembre de 1979 desde la embajada de los EE.UU. en Teherán señalaba que “Irán apoya con entusiasmo y sin reservas la causa palestina”, pero que “se habla relativamente poco sobre la OLP como tal.”[14]

Mahmud Vaezi, un antiguo representante del Ministerio de Exteriores iraní, explicó que la política de Irán “era evitar verse atrapados en el conflicto palestino.” Añadió que las “obligaciones morales” de Irán eclipsaron las consideraciones de carácter estratégico durante los primeros años después de la revolución, evitando que la hostilidad de Irán hacia los árabes se tradujera en una alianza a gran escala con Israel.[15] Sin embargo, la ideología revolucionaria del régimen y su retórica incendiaria ocultaron con éxito su búsqueda de la realpolitik.

“Insulto al Islam”

Tras el final de la Guerra Fría y la derrota de Irak en la guerra del Golfo de 1991, se evaporaron las consideraciones estratégicas que habían situado a Irán e Israel en el mismo bando geopolítico. Muy pronto, en ausencia de enemigos comunes, Israel e Irán se encontraron en una situación de rivalidad estratégica con respecto a su capacidad para redefinir el orden regional tras la aniquilación del poder militar de Irak. No obstante, estaba claro que Irán no podía reunir a las masas árabes musulmanas apelando a sus propias ambiciones de poder. Una vez más, Irán recurrió a la ideología para ocultar sus verdaderas intenciones, mientras usaba la difícil situación del pueblo palestino para debilitar a los gobiernos árabes que estaban dispuestos a participar en el proceso de Oslo de los años noventa.

Por eso, los creadores de opinión iraníes tomaron la iniciativa de arremeter contra “el apetito insaciable de Israel por los territorios árabes”, su opresión contra los palestinos, su desprecio hacia las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y el “insulto al Islam” que supone la ocupación permanente de Jerusalén. De hecho, hasta hoy en día, el mensaje que Teherán predica es que su lucha contra Israel no tiene nada que ver con obtener ventajas geopolíticas, ni siquiera con el propio Irán, sino con la justicia hacia los palestinos y el honor del Islam.

Con el conflicto entre israelíes y palestinos expresado en esos términos, y temiendo una reacción en contra de sus propios ciudadanos, los gobernantes árabes prooccidentales se han mostrado cautelosos a la hora de menospreciar los objetivos anunciados por Teherán. A los ojos de muchos estados árabes, la contundencia del discurso iraní ha hecho que oponerse públicamente a Irán equivalga a aprobar la postura de Israel y los EE.UU. con respecto a la cuestión palestina. De hecho, declaraciones contra Irán como las del rey Abdallah de Jordania, advirtiendo de una “media luna shií” extendiéndose desde Irán, a través del Irak post-Saddam, hasta el Líbano, o las del presidente egipcio Husni Mubarak, denunciando la lealtad a Irán de los shiíes iraquíes, han tenido una pobre acogida entre la opinión pública árabe. Una de las razones por las cuales sucede esto es la reputación favorable a los palestinos que tiene Teherán.

Dos bandos en Teherán

El nuevo impulso dado por Ahmadineyad al discurso antiisraelí desde el año 2005 también debe analizarse en el contexto de un conflicto más amplio contra los EE.UU. y, en particular, en el ámbito de la crisis nuclear que está empujando el conflicto a su punto culminante. En noviembre de 2005 tuvo lugar en Teherán un intenso debate cuando el nuevo presidente recordó el llamamiento de Jomeini para  borrar del mapa a Israel. La reacción internacional tomó a Irán por sorpresa y enfureció a los negociadores nucleares, quienes argumentaron que un lenguaje semejante suponía socavar el delicado equilibrio con el cual buscaban evitar que el caso fuera puesto en manos del Consejo de Seguridad, a la vez que defendían el derecho de Irán a enriquecer uranio.

En realidad... es para uso doméstico y pacífico

El bando de Ahmadineyad afirmó con vehemencia que Irán debía extender el conflicto y convertir a Israel en una parte decisiva y visible del debate internacional.[16] Analizar el programa nuclear de Irán de manera aislada sólo beneficiaba a Occidente. Únicamente ampliando el alcance del debate, Irán podría encontrar las herramientas necesarias para defender su posición. El bando de Ahmadineyad afirmó que, como mínimo, se debería obligar a Israel a que pagara el coste por haber convertido el programa nuclear iraní en una cuestión tan preocupante a nivel internacional y por haber convencido a Washington para que adoptara una política en contra del enriquecimiento de uranio.

Mientras que los elementos menos radicales del gobierno iraní estaban de acuerdo en la necesidad de poner a Israel a la defensiva y extender el conflicto, diferían en gran medida con respecto a la mejor manera de alcanzar esos objetivos.

Según un alto funcionario iraní, el entorno de Ahmadineyad era partidario de cuestionar algunos asuntos que Israel parecía haber resuelto en las últimas dos décadas: la legitimidad de Israel y su derecho a existir, la realidad del Holocausto y el derecho de los judíos europeos a permanecer en el corazón de Oriente Medio. Este enfoque, argumentaban, sintonizaría con las masas de árabes descontentos y revelaría la impotencia de los regímenes árabes proamericanos, quienes se sentirían presionados y avergonzados a partes iguales.

Muchas voces moderadas en Teherán se opusieron con firmeza a este enfoque, debido a las probables dificultades que causaría a la diplomacia nuclear iraní. Preferían la táctica del antiguo presidente Mohammad Jatami de invocar el sufrimiento del pueblo palestino y la negativa de Israel a hacer concesiones territoriales, pero evitando asuntos candentes como el derecho de Israel a existir o el Holocausto. Ellos argumentaban que llevar el discurso a ese terreno podría ser contraproducente, poniendo en contra de Irán a países clave como Rusia y China. Aunque, para mayor frustración de Ahmadineyad, el régimen no alcanzara un consenso total, se tomó la decisión de no permitir que ningún funcionario iraní repitiera los insidiosos comentarios sobre el Holocausto. Esa decisión se mantuvo durante un par de meses, hasta que se hizo evidente que Occidente se olvidaba del asunto.

¡Basta ya, Vanunu! ¿No ves que estamos ocupados?

Buscando obtener ventaja 

Sin embargo, lo que brillaba por su ausencia en el debate interno en Teherán era el análisis de las motivaciones y los factores ideológicos que emplea Irán para justificar su actitud hacia Israel. Ni el honor del Islam ni el sufrimiento del pueblo palestino figuraban entre sus reflexiones.

Por el contrario, tanto los términos del debate como los resultados del mismo eran de naturaleza puramente estratégica. Ambos bandos pretendían dar a Irán la iniciativa en la confrontación contra los EE.UU. e Israel, para así evitar sufrir el destino de Irak, donde, desde 1991 hasta la invasión, Washington mantuvo en gran medida el firme control de los acontecimientos. Tanto Ahmadineyad como su principal rival, Ali Lariyani, asesor en el Consejo de Seguridad Nacional,[17] opinan que Irán no puede hacer progresos mostrándose condescendiente con el gobierno estadounidense. En su opinión, Irán cometió un error cuando aceptó detener el enriquecimiento de uranio durante dos años y medio, tras las negociaciones con los europeos. 

Tanto el bando de Ahmadineyad como el de Lariyani también están de acuerdo en que es mejor que Irán tome la iniciativa para mantener a sus adversarios a la defensiva. Irán debería obligar a Occidente a adoptar una posición defensiva en lugar de defenderse él mismo contra la interminable serie de iniciativas occidentales.

Ya resulten agradables o desagradables, eficaces o ineficaces, los pronunciamientos ideológicos de Ahmadineyad y de otras figuras del régimen iraní son un efecto, y no una causa, de la orientación estratégica de Irán. Asimismo, tampoco debe tomarse demasiado en serio al primer ministro Ehud Olmert cuando, durante su discurso del 24 de mayo de 2006 en el Congreso, describió a Irán como una “oscura tormenta que se aproxima y proyecta su sombra sobre el mundo”. Estas declaraciones tienen un parecido evidente con el planteamiento de Rabin y Peres en su última advertencia: “un Irán nuclear significa que un Estado terrorista podría llevar a cabo la misión para la cual los terroristas viven y mueren: la destrucción masiva de vidas humanas inocentes.” Sin embargo, por ahora, tanto Irán como Israel parecen haber estimado (no sabemos si acertada o erróneamente) que definir su enfrentamiento en términos ideológicos y apocalípticos les proporcionará una ventaja decisiva respecto a su contrincante en sus esfuerzos a la hora de definir en su propio beneficio el orden en Oriente Medio. Algo que, por otra parte, siempre hacen todos los que se enredan en luchas por la hegemonía. 

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

Farhad Khosrokhavar / Olivier Roy, Irán. De la revolución a la reforma, Bellaterra, Barcelona, 2000.

Nur Masalha, Israel: teorías de la expansión territorial, Bellaterra, Barcelona, 2002.

Joss Dray / Denis Sieffert, La guerra israelí de la información, Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2004.

Claire Tréan, Irán. Entre la amenaza nuclear y el sueño occidental, Península, Barcelona, 2006.

David Garrido, Irán. La amenaza nuclear, Arco Press, Barcelona, 2006.



[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo “Under the Veil of Ideology: The Israeli-Iranian Strategic Rivalry”, publicado en MERIB (Middle East Research and Information Project) el 6 de octubre de 2007. Primera publicación en castellano en la revista Alif-Nûn nº 79, febrero de 2010. (Nota de la Redacción).

[2] Fundador y presidente del National Iranian American Council y experto en las relaciones entre los EE.UU e Irán, la política iraní y el equilibrio de poder en Oriente Medio. Es autor de los libros Treacherous Alliance: The Secret Dealings of Iran, Israel and the United States (2007) y A Single Roll of the Dice: Obama's Diplomacy with Iran (2012), ambos publicados por la Universidad de Yale. Nacido en Irán, es hijo de un activista encarcelado tanto por el régimen del sha como por la República Islámica. Ha residido en Suecia y en los EE.UU, estudiando Relaciones Internacionales en la Universidad John Hopkins y en la Universidad de Uppsala, y economía en la Universidad de Estocolmo. (Nota de la Redacción). 

[3] Referencia a la tesis de Francis Fukuyama conocida como el “final de la Historia”, según la cual la historia humana como lucha entre ideologías habría concluido, iniciándose un mundo basado en la política y la economía neoliberales, las cuales se habrían impuesto tras el fin de la Guerra Fría. (Nota de la Redacción).

[4] Entrevista con Itamar Rabinovich, Tel Aviv, 17 de octubre de 2004.

[5] El escándalo Irán-Contra, también conocido como Irangate, es un acontecimiento político ocurrido entre 1985 y 1986, cuando el gobierno de los EE.UU, bajo la administración del presidente Ronald Reagan, vendió armas al gobierno iraní, el cual se encontraba inmerso en la guerra contra Irak, y empleó el dinero de esta venta para financiar a la llamada “Contra” nicaragüense, creada y apoyada por los EE.UU para combatir mediante la lucha armada al gobierno sandinista de Nicaragua, durante el periodo conocido como “Revolución Sandinista”. Ambas operaciones, la venta de armas a Irán y la financiación de la Contra, estaban prohibidas por el Senado norteamericano. (Nota de la Redacción).

[6] Shimon Peres, The New Middle East, Henry Holt, Nueva York, 1993, p. 43.

[7] Washington Post, 13 de marzo de 1993.

[8] New York Times, 8 de noviembre de 1992.

[9] Nader Entessar, “Israel and Iran’s National Security”, Journal of South Asian and Middle Eastern Studies 27/4, verano de 2004, p. 5.

[10] Entrevista con Abbas Maleki, antiguo representante del ministro de exteriores iraní, Teherán, 1 de agosto de 2004.

[11] Entrevista telefónica con Nader Entessar, 25 de enero de 2005. Ibrahim Yazdi, ministro de exteriores en Irán durante el primer gobierno revolucionario, informó al personal de la embajada estadounidense de que Jomeini había hecho un llamamiento a la OLP para que ésta adoptara una orientación islámica y copiara el método de la revolución no violenta empleado en Irán. Los iraníes argumentaron que una orientación islámica aumentaría las posibilidades de una victoria palestina e incapacitaría a los elementos marxistas y radicales de entre los palestinos. Información de Bruce Laingen al Departamento de Estado, octubre de 1979. Disponible a través del Archivo de Seguridad Nacional (National Security Archive).

[12] Behrouz Souresrafil, Khomeini and Israel, Researchers, Inc., Londres, 1988, p. 46.

[13] Información de la embajada estadounidense en Teherán al Departamento de Estado, a finales de septiembre de 1979. Disponible a través del Archivo de Seguridad Nacional (National Security Archive).

[14] Información de la embajada estadounidense en Teherán al Departamento de Estado, 30 de septiembre de 1979. Disponible a través del Archivo de Seguridad Nacional (National Security Archive).

[15] Entrevista con Mahmud Vaezi, Teherán, 16 de agosto de 2004.

[16] Israel es el único país poseedor de armas nucleares que no lo ha reconocido públicamente. No obstante, a finales de los años noventa, los servicios de inteligencia estadounidenses calculaban que Israel disponía de entre 75 y 130 armas nucleares para su aviación y sus misiles Jericó-1 y Jericó-2, instalados en tierra. Actualmente se cree que tiene entre 100 y 200 cabezas nucleares desplegadas y operativas, aunque algunas fuentes elevan la cifra a 400. Israel podría disponer de al menos 12 misiles de crucero de alcance intermedio con cabeza nuclear, instalados en uno de sus submarinos Dolphin, de fabricación alemana. Para más información, véase el artículo de wikipedia “Programa nuclear de Israel”. Hasta tal punto el Estado de Israel considera la posesión de armas nucleares como un asunto de seguridad nacional, que el Dr. Mordejái Vanunu, antiguo técnico nuclear israelí que divulgó esta información, fue secuestrado por el servicio de inteligencia israelí cuando se encontraba fuera de Israel, juzgado en secreto y sentenciado a 18 años de cárcel. Para más información, véase el artículo de wikipedia “Armas nucleares de Israel” (Nota de la Redacción).

[17] El Consejo Supremo de Seguridad Nacional es un órgano del sistema político de Irán cuya principal función es preservar los principios de la revolución islámica y asegurar la integridad y soberanía nacional iraní, conforme a lo establecido en el artículo 176 de la Constitución. El Consejo funciona como órgano de asesoramiento del Líder Supremo, máxima autoridad política y religiosa del Estado. (Nota de la Redacción).


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