LOS CRISTIANOS ÁRABES DE ORIENTE MEDIO: UNA PERSPECTIVA DEMOGRÁFICA[1]
En la actualidad, el porcentaje de árabes cristianos en Oriente Medio se sitúa en torno al 9% de la población total de los países donde se asientan: Egipto, Líbano, Siria, Iraq, Jordania, Israel y Palestina. Éste es más o menos el mismo porcentaje que los otomanos encontraron hace unos 500 años, cuando derrotaron a las dinastías persas y mamelucas que compartían el control de la región. Sin embargo, esto no significa que la proporción entre cristianos y musulmanes haya quedado fijada de un modo permanente. Por el contrario, después de cuatro siglos de gobierno otomano durante los cuales tuvo lugar un resurgimiento inesperado del Cristianismo, éste retomó la tendencia descendente que había experimentado durante el primer milenio después de la Hégira. El Islam ha avanzado en el siglo XX a un ritmo comparable al del periodo anterior a los otomanos. Sin embargo, los mecanismos que han influido en esta tendencia moderna son distintos a los de la época pre-otomana; todos ellos están relacionados con los modernos procesos políticos, económicos y demográficos.
El estudio de la demografía de los cristianos en el Oriente árabe implica examinar la frecuencia con la cual se produce una determinada característica –la afiliación religiosa– en la población en su conjunto, así como describir la evolución de esta característica durante un largo periodo de tiempo y en un área muy amplia. En esencia consiste en estudiar la islamización, teniendo en cuenta que dicho término se utiliza aquí simplemente para indicar el incremento en el porcentaje de musulmanes. Hay cuatro procesos que pueden haber conducido a dicha islamización: III) Las masacres y los éxodos motivados por una razón religiosa –ambos muy poco habituales– que se traducen en la sustitución de una población por otra. III) La fusión entre grupos de población con religiones diferentes que, a través de matrimonios mixtos, produce una segunda generación con una sola religión. IV) Los distintos ritmos en el crecimiento de la población, donde unas tasas diferentes de natalidad y de mortalidad influyen en la velocidad de crecimiento de la población según la afiliación religiosa.
'íes de Kesruan en Yabal 'Amil. Castigados por los mamelucos por sus discrepancias con el Islam oficial y posiblemente también por su reciente apertura hacia los reinos francos, los 'íes dejaron el campo libre para la llegada de los cristianos maronitas de Qadisha. En cuanto a los procesos demográficos naturales, podría haberse dado un mayor o menor crecimiento de la población en función de las distintas religiones, pero no existe ni una sola evidencia que apoye esta hipótesis.
2.- Un cambio de tendencia con los otomanos
Antes de conquistar Siria y Egipto, los sultanes otomanos gobernaban sobre unos súbditos en su mayoría europeos y cristianos. En sus posesiones de los Balcanes y en Estambul idearon y luego pusieron en práctica un nuevo sistema para la coexistencia de las distintas religiones, el cual ampliaron a sus provincias árabes. El sistema, conocido como millet, sustituyó la legislación que hasta entonces había regido todas las relaciones entre los cristianos o los judíos y la sociedad y el gobierno musulmanes, reconociendo legalmente a las principales comunidades no musulmanas. En su vida privada (matrimonio, herencia, familia, educación, etc.), los individuos estaban ahora sometidos a una autoridad perteneciente a su propia religión, en la cual el sultán de Estambul delegaba todas las atribuciones relacionadas con los asuntos del millet. Este sistema de mediación regulaba la existencia de las comunidades, compuestas de grupos estables dentro de una sociedad multireligiosa,[7] aunque todavía no de naciones propiamente dichas. El sistema de millets desempeñó un importante papel en la evolución demográfica[8] que se inició en ese momento, la cual hemos reconstruido juntando las cifras de los censos de dos épocas, el siglo XVI y el XIX, clasificados por separado por Ŏmer Lûfti Barkan[9] y Kemal Karpat,[10] así como por algún otro historiador contemporáneo.[11]
El porcentaje de cristianos en el Creciente Fértil se triplicó durante el gobierno de los otomanos. Después de haber caído hasta el 7% a finales del periodo mameluco (según los documentos de 1570-90), se elevó al 20% en 1914, llegando a alcanzar el 33% de la población total de la “Gran Siria” (Líbano, Siria y Palestina). Fue un auténtico cambio en la tendencia del milenio anterior, la cual parecía conducir hacia la desaparición inminente del Cristianismo en la región. El incremento de la población cristiana sin duda no fue un proceso continuo durante los cuatro siglos estudiados, sino que se concentró en dos periodos durante los cuales hubo un crecimiento general de la población en el Mediterráneo meridional y oriental: el siglo XVI y la segunda mitad del siglo XIX.
Los dos mecanismos que habían permitido la islamización durante el milenio anterior, la conversión y la fusión, prácticamente dejaron de funcionar, al menos a una escala masiva. De hecho, debido a la continua disminución de la población cristiana, la cual pagaba un impuesto específico, el sistema tributario se había cambiado. Desde el inicio de la época otomana, la yizya dejó de ser un impuesto rentable y se fue reduciendo gradualmente hasta que quedó abolido de manera definitiva durante el tanzîmât.[12]
Las conversiones individuales ciertamente continuaron por diversas razones, pero ya no hubo más conversiones de grupos enteros. También tenemos los primeros testimonios sobre conversiones del Islam al Cristianismo en este periodo, como por ejemplo algunos sunníes de la cordillera del Líbano que adoptaron la religión de los maronitas en 1756. Sin embargo se trata de casos aislados. Lo más importante que debemos recordar sobre el periodo de los millets es que cada individuo, ya fuese musulmán o cristiano, conservaba su propia religión. Los matrimonios mixtos también se volvieron muy escasos. Con el tiempo, las comunidades cristianas se fueron reuniendo en territorios donde la mayoría de la población profesaba la misma religión. La separación de facto entre las comunidades, incluso dentro de los distritos de una misma ciudad, dificultaba el contacto social entre las distintas religiones y apenas ofrecía oportunidades para los matrimonios mixtos. La consolidación de las comunidades mediante el sistema de millets afianzó de manera definitiva esta separación. Aunque los coptos, la comunidad cristiana más numerosa de Egipto, tenían un estatus ligeramente distinto al de los millets del Imperio, del cual Egipto permaneció de hecho aislado,[13] las dos tendencias antes descritas también surgieron en este país. El final de las conversiones y la escasez de matrimonios mixtos pusieron fin a un largo periodo inicial de islamización.
La separación de las comunidades en el Creciente Fértil también estimuló el desarrollo de modelos demográficos independientes. La diferencia entre las tasas de natalidad y de mortalidad en función de la comunidad religiosa también condujo a unos índices de crecimiento de población muy diferentes de una comunidad a otra. Aunque se sabe muy poco sobre las variaciones en las tasas de natalidad basadas en la religión durante la época otomana, tal vez podríamos suponer que los cristianos debieron de tener una tasa de natalidad más alta que los musulmanes, debido entre otras cosas a la ausencia de divorcios, prohibidos por su legislación. En cualquier caso, este dato fue perceptible a nivel local en la cordillera del Líbano a lo largo del siglo XIX.[14]
Por otro lado, sabemos que durante largos periodos, aunque no de forma continua, los cristianos tuvieron una tasa de mortalidad más baja que los musulmanes, lo cual explicaría su gran crecimiento. Tres factores principales influyeron en ello: la geografía religiosa, los modelos de conducta durante las epidemias y la adopción de nuevas costumbres sociales. La geografía religiosa fue el primer factor. Desde su nacimiento, el Islam había arraigado más profundamente en la península arábiga y Mesopotamia que en las zonas fronterizas con Bizancio, en Occidente. Las Cruzadas por un lado y las invasiones mongolas por otro acentuaron después la concentración de comunidades cristianas en territorios de la costa mediterránea, en las montañas que bordean el mar y, en menor medida, en las ciudades más occidentales de las estepas. La expansión económica del Occidente cristiano a partir del Renacimiento aumentó la concentración de cristianos occidentales a lo largo de las costas del Mediterráneo oriental. Una religión común, con algunas ramas orientales de la misma que habían reestablecido el contacto directo con Roma,[15] pronto convirtió a los cristianos orientales en socios preferentes en el diálogo y el comercio con los mercaderes y diplomáticos europeos.
Además, la prosperidad y la estabilidad generadas por el dominio de las rutas comerciales oceánicas a lo largo del siglo XVI permitieron la eliminación de las grandes hambrunas y condujeron a una explosión demográfica en el Mediterráneo. Por el simple hecho de estar más vinculados con el mundo mediterráneo y más en contacto con Occidente, los cristianos orientales fueron los principales beneficiarios de esta expansión. Sin embargo, aunque las hambrunas se hicieron menos frecuentes, los contactos con personas y bienes de tierras lejanas facilitaron también algunos brotes de epidemias. Hay pruebas claras de que en esas ocasiones la conducta de los cristianos limitó la propagación de las epidemias. Mientras los musulmanes presentaban un frente unido contra la enfermedad, aumentando así el contacto entre ellos en sus esfuerzos por combatirla, los cristianos reaccionaban aislándose, siguiendo el ejemplo de los comerciantes occidentales, quienes regresaban junto a sus familias y se encerraban en sus casas. En consecuencia, casi todas las estadísticas de muertes muestran que las epidemias eran menos mortales entre los cristianos que entre los musulmanes. La naturaleza también ayudó a mitigar la propagación de las epidemias en ciertas comunidades cristianas, sobre todo entre los maronitas. Las montañas donde habitaban ofrecían una barrera climática frente a muchas de las infecciones que en esa época golpeaban tanto en las llanuras como en las ciudades.
Desde la segunda mitad del siglo XIX, las nuevas costumbres sociales se convirtieron en el tercer factor que favoreció el mayor crecimiento de población entre los cristianos. No solo el control sobre las epidemias sino especialmente sobre la elevada tasa de mortalidad tan habitual en esa época es, en último término, una consecuencia de la adquisición y difusión de nuevos conocimientos y hábitos profilácticos entre la población. Muchos estudios demográficos sobre la reducción de los índices de mortalidad en una gran variedad de contextos muestran que la difusión de la educación escolar es un factor muy importante, y fueron las comunidades cristianas las primeras donde estos conocimientos procedentes de Occidente estuvieron al alcance de la población de a pie.[16]
Existen varias estimaciones, a menudo contradictorias, sobre el tamaño actual de las comunidades cristianas en Oriente Medio, ofrecidas por las autoridades de las iglesias orientales y occidentales y por una serie de estudiosos del tema. Sin embargo, en ambos casos, dichas estimaciones no siempre se basan en la mejor fuente moderna de información demográfica: el censo de población. Por el contrario, cuando se informa sobre el tamaño de las distintas comunidades religiosas se suele poner en duda la validez de los censos.
No obstante, a pesar de estas reservas, es casi seguro que el crecimiento de la población cristiana terminó tras la caída del Imperio Otomano (1923). El porcentaje de cristianos alcanzó su máximo en 1914: el 26.4% de la población total de Oriente Próximo (Israel, Palestina, Jordania, Líbano y Siria); 58.6% en el Líbano (dentro de sus fronteras de 1920), 11.3% en Palestina y 10.1% en Siria. Sin embargo, solo alcanzó el 8.1% en Egipto y el 2.2% en Iraq. Hoy en día, los cristianos solo representan el 9.2% de la población de Oriente Próximo. En el Líbano, donde sin duda han perdido su condición de mayoría, son poco más del 40%, en Siria representan en torno al 6.4%, en la Palestina ocupada y los territorios autónomos su número es del 3.8% y en Israel del 2.1%. En Egipto constituyen el 5.9% de la población y en Iraq rondan en torno al 2.9%. Así pues, los últimos noventa años parecen haber acabado con cuatro siglos de crecimiento de la población cristiana, llevándola de nuevo casi a su nivel más bajo de la historia, el 7% alcanzado a finales de la época mameluca. Las naciones-estado han ofrecido el contexto político adecuado para el resurgimiento de la islamización. La disolución de las comunidades en una nueva identidad nacional, así como la vinculación directa de los ciudadanos con el Estado, sin la mediación de los organismos religiosos, afectaron a los procesos que ya hemos examinado en los periodos anteriores.
Es probable que las conversiones al Islam no hayan sido mucho más frecuentes que en época otomana. Es cierto que se ha registrado un cierto aumento, pero casi siempre por razones sociológicas, en momentos puntuales de conflicto entre grupos religiosos, como el enfrentamiento entre kurdos y asirios nestorianos en Iraq en 1933, la guerra civil en el Líbano entre 1975 y 1990 o los incidentes de los años noventa en los suburbios de El Cairo y en algunos lugares del centro de Egipto, donde las tradicionales relaciones entre musulmanes y coptos se vieron deterioradas. Aunque no existen estadísticas, es muy probable que las conversiones de este tipo hayan sido escasas, reduciéndose a casos individuales.
Por otra parte, se volvieron a dar algunos casos de sustitución de una población por otra mediante la violencia. Por ejemplo, la población cristiana de Iraq se vio reducida cuando los kurdos forzaron a gran parte de los nestorianos a huir al extranjero. En otros casos, como durante la guerra del Líbano, sabemos que muchos cristianos abandonaron regiones del país tomadas por las milicias musulmanas, pero también muchos musulmanes se vieron obligados a huir de los territorios controlados por las milicias cristianas, de modo que el mecanismo de sustitución afectó localmente a la demografía de ciertas áreas, pero no cambió la proporción de cristianos y musulmanes a nivel nacional.[17] Sin embargo, sí hubo una sustitución de población por medios violentos que afectó a la composición religiosa, aunque tampoco benefició a la situación demográfica de cristianos ni de musulmanes, pues consistió en un flujo de judíos a Palestina y luego a Israel, seguido de la dispersión por toda la región –y más tarde por el mundo entero– de una población de mayoría musulmana con pequeñas minorías cristianas.
Las migraciones internacionales que no implicaron la sustitución de grupos de población y que a veces estaban provocadas por circunstancias políticas o económicas también cambiaron la proporción de los distintos colectivos religiosos. En el siglo XX se produjeron tres grandes migraciones en la región. La primera de ellas fue la convergencia en el Líbano de poblaciones procedentes de toda la zona de Oriente Medio. Muchos eran cristianos a los que se les concedió la nacionalidad libanesa. Entre ellos se incluyen los armenios que huyeron de la persecución turca de comienzos de siglo, los católicos y ortodoxos de Alepo y Damasco que escaparon de la inseguridad política y económica de las primeras dos décadas tras la independencia siria, y los sirio-libaneses que abandonaron Egipto, la tierra donde sus ancestros se habían establecido pero cuyo régimen y clima políticos los marginó poco después de la llegada al poder de los Oficiales Libres. Otros, en cambio, eran musulmanes: los refugiados kurdos de Iraq y Turquía, algunos de los cuales se nacionalizaron libaneses, mientras que solo unos pocos pertenecientes al grupo de inmigrantes más numeroso, los palestinos, en su mayoría musulmanes, se convirtieron en ciudadanos libaneses. Así pues, el flujo de inmigrantes aumentó tanto la parte cristiana de población con nacionalidad libanesa como la parte musulmana de población residente en el Líbano.
El segundo tipo de desplazamiento fue la emigración hacia tierras más lejanas: América, Europa, África y Oceanía. La emigración procedía sobre todo del Líbano, pero también de Palestina, Siria e Iraq a lo largo de todo el siglo, mientras que desde Egipto no se produjo una emigración importante hasta la década de 1960. Estas migraciones permanentes a larga distancia fueron sin duda más comunes entre los cristianos que entre los musulmanes. Sin embargo, debido a que casi todos ellos se establecieron en países cuyas estadísticas no tienen en cuenta la afiliación religiosa, es imposible determinar con certeza su composición religiosa.
Las migraciones a nivel regional representan el tercer y último tipo de desplazamiento. Es probable que fueran temporales y a veces precarias, como la desbandada hacia los países del Golfo y hacia Libia provocada por el auge del petróleo entre 1973 y 1985. Con la excepción de Iraq, que fue receptor de estas migraciones, dichos desplazamientos provenían de todos los países árabes aquí estudiados. Sin embargo, debido a que llegaron a naciones donde se concede poca importancia a los estudios estadísticos, tampoco disponemos de información precisa sobre su afiliación religiosa, de modo que solo podemos suponer que la gran mayoría de ellos eran musulmanes.
Lo que ha cambiado más profundamente la composición religiosa en la región es el distinto ritmo en el crecimiento de población en función de la afiliación religiosa. En su momento, los cristianos fueron los primeros en reducir su tasa de mortalidad, lo cual permitió que aumentara su número con respecto al resto de la población, pero luego también fueron los primeros en limitar su tasa de natalidad, lo cual produjo el efecto contrario. Al mismo tiempo, disminuyeron los casos de divorcio entre las familias musulmanas, lo cual elevó su tasa de natalidad. Muchos datos indican que las curvas correspondientes a las tasas de natalidad de musulmanes y cristianos se cruzaron en el periodo de entreguerras, la primera en dirección ascendente y la segunda en dirección descendente. Sin embargo, aunque esta tendencia ha desaparecido en gran medida en la actualidad –la diferencia entre la tasa natalidad de los musulmanes y la de los cristianos del Líbano se redujo al mínimo a partir de la década de 1980, al igual que en Egipto–, varias décadas de una mayor tasa de natalidad entre los musulmanes provocaron que el porcentaje de población cristiana siguiera cayendo.
Por último, llegamos al cuarto proceso de islamización, la fusión de grupos de población a través de matrimonios mixtos, que las modernas condiciones políticas y económicas podrían haber facilitado una vez más. Mientras que la estructura social durante el Imperio Otomano se basaba en la diferencia y la separación, la nación-estado fomentó la homogeneidad y la integración. Muchos de los lugares donde tienen lugar los contactos sociales han perdido su carácter religioso. Esto ha ocurrido principalmente en escuelas, universidades, empresas, servicios públicos, así como en los transportes públicos dentro de las ciudades; en definitiva, en muchos de los lugares donde es probable que la gente pueda encontrar a su futuro cónyuge, ya que las familias han perdido mucha de su influencia a la hora de concertar matrimonios. Este último proceso de islamización podría ser el factor más importante después de los procesos demográficos naturales. Al fin y al cabo, parece haber sido el más determinante durante los primeros años del Islam.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
- Nabil Juri, El barrio cristiano (Jerusalén),
Cantarabia, Madrid, 1996.
- Juan Pedro Monferrer Sala, Introducción al cristianismo árabe oriental, Universidad de Córdoba, Córdoba, 2008.
- Joseph Maila, “Los árabes cristianos: del ‘problema de Oriente’ a la reciente situación política de las minorías”, revista Alif Nûn nº 56 (enero de 2008) y 57 (febrero de 2008).
[1] Traducción, extracto y
adaptación del capítulo titulado “The Arab Christians of the Middle East: A Demographic
Perspective”, en Andrea Pacini (ed.), Christian
Communities in the Middle East. The Challenge of the Future, Oxford University Press,
1998, pp. 48-66. Versión en castellano publicada en el nº 100, enero de 2012,
de la revista online Alif Nûn. (Nota de la Redacción).
[2] Profesor
de sociología y demografía en el Centro Robert Schuman del IUE (European
University Institute) en Florencia, Director fundador del Centro de
Políticas Migratorias del IUE. Ocupó altos cargos en la Universidad Americana
de El Cairo y en el Instituto Nacional de Estudios Demográficos de Francia.
Enseñó en Sciences Po-París, Harvard y varias universidades de Oriente Medio,
Europa y África. Es consultor habitual de instituciones europeas e
internacionales. Sus intereses de investigación incluyen la demografía, la
migración y el desarrollo. (Nota de la Redacción).
[3] Los censos en los vilayatos
de Alepo, Trípoli, Damasco, Bagdad y Basora muestran un total de 1.708.805
musulmanes, 135.280 cristianos y 16.155 judíos en 1580. Véase Ŏmer Lûfti
Barkan, “Research on Ottoman Fiscal Surveys”, en M.A. Cook (ed.), Studies in
the Economic Story of the Middle East from the Rise of Islam to the Present Day,
2ª ed., Oxford, OUP, 1978.
[4] No hay estadísticas
disponibles sobre la población de Egipto hasta comienzos del siglo XIX. (véase
nota nº 13).
[5] Para una explicación más
detallada del mito de la invasión musulmana, véase Redacción Alif Nûn, “Nacimiento y expansión del Islam”, revista Alif Nûn nº 59, abril de 2008. (Nota de
la Redacción).
[6] A la llegada del Islam al
Creciente Fértil y Egipto, cuando los grupos musulmanes estaban formados casi
en su totalidad por varones, menos de la mitad de los matrimonios mixtos
requerían una conversión al Islam.
[7] Las Capitulaciones*
produjeron el mismo resultado demográfico sobre las comunidades a las que se
aplicaron; sin embargo, con el tiempo, el vasallaje a las potencias extranjeras
provocado por dichas Capitulaciones creó tensiones religiosas.
* Las Capitulaciones son tratados que el
Imperio Otomano firmó con las potencias europeas, según los cuales se concedía
privilegios a los súbditos europeos que residían o comerciaban en territorio otomano,
y a los propios súbditos otomanos que colaboraban con los países europeos. Así,
por ejemplo, los profesionales otomanos (ya fuesen cristianos, judíos o
musulmanes) que trabajaban con o para los europeos podían ser juzgados de
acuerdo a las leyes de éstos, y no según las leyes otomanas. A tal efecto se
constituyeron tribunales especiales en el Imperio Otomano, tanto en el ámbito
civil como en el penal, los cuales podían llegar a estar formados únicamente
por abogados y jueces extranjeros. Cuando se trataba de un litigio entre un
ciudadano “protegido” por los europeos y un ciudadano otomano ordinario, se
creaban tribunales mixtos. (Nota de la Redacción).
[8] Los resultados de esta
evolución, la cual muestra un aumento considerable del número de cristianos en
el Oriente árabe durante la época otomana, están expuestos en Y. Courbage y Ph.
Fargues, Chrétiens et Juifs dans l'Islam arabe et turc.
[9] Ŏmer Lûfti Barkan, ,
“Research on Ottoman Fiscal Surveys”, ob. cit.
[10] Kemal Karpat, Ottoman
Population, 1830-1914, Demographic and Social Characteristic, University of
Wisconsin Press, Madison, 1985.
[11] Muhammad Adnan Bakhit, “The
Christian Population of the Province of Damascus in the Sixteenth Century”, en
B. Braude y B. Lewis (ed.), Christian and Jews in the Ottoman Empire 2,
Holmes & Meier, Nuev York, 1982.
[12] Tanzîmât, cuyo
significado en turco viene a ser “regulación” u “organización”, se refiere al
período entre 1839 y 1876 durante el cual el Imperio Otomano se renovó a todos
los niveles, con el fin de modernizar la administración del Estado e imitar la
política, la economía y la burocracia de las potencias europeas. (Nota de la
Redacción).
[13] Egipto nunca fue incluido en
los censos de población otomana. ¿Podría ser porque se había convertido en una
provincia separada, debido a su distancia de Estambul? ¿o tal vez porque,
siendo una nación antigua y respetable, había conservado una amplia red
administrativa que no hacía necesario en lo más mínimo un censo del poder
central para recaudar los impuestos? Cualquiera que fuese la razón, el caso es
que el primer censo de su población data de 1846, aunque el resultado del mismo
no se conoce. Los datos más antiguos sobre la composición religiosa de la
población egipcia disponibles en la actualidad provienen del censo de 1907.
[14] Dominique Chevallier, La
société du Mont-Liban à l'époque de la révolution industrielle en Europe,
Geuthner, París, 1971.
[15] La adhesión de los católicos
griegos (melquitas) a Roma se remonta a 1724.
[16] Esto resulta especialmente
evidente en las cifras recogidas a finales del siglo XIX y publicadas por Vital
Cuinet, Syrie, Liban et Palestine. Géographie administrative, statistique et
raisonneé, E. Leroux, París, 1896.
[17] Basándose en el estudio y la
comparación sistemática de recortes de prensa, S. Housseini Moussawi
reconstruyó en su Redistibution de la population du Liban todas las
migraciones temporales o permanentes ocurridas en el Líbano entre 1975 y 1990.
Robert Kasparian también realizó un estudio de los grupos de población que
emigraron, pero no indica la afiliación religiosa de éstos.