Hablar sobre el Islam hoy en día no resulta nada fácil, pues, en la mayoría de los casos, las posturas están completamente polarizadas. O es presentado como la solución a todos los problemas de la humanidad, o como la encarnación de todos los males. No parece haber término medio. Así pues, a menudo se echa en falta un poco de mesura cuando se trata de abordar un tema tan amplio y complejo como el de la religión islámica. Y es que, apelando al Corán y las demás fuentes islámicas, los musulmanes -y también los que no lo son- han sido capaces de justificar una determinada cosa y su contraria. En base al Islam se condena o se aprueba, según los casos, la música, el misticismo, la violencia, la mutilación genital femenina, la donación de órganos y un sinfín de costumbres, actitudes e ideologías. Cabría preguntarse entonces, ¿existe un “Islam verdadero” a partir del cual podamos juzgar quiénes son los “verdaderos musulmanes”? Desde un punto de vista estrictamente religioso, tal vez pueda tener sentido plantear esta pregunta, aunque tampoco estamos seguros de que tenga una respuesta fácil, pero desde cualquier otro punto de vista, no. Lo cierto es que, parafraseando al intelectual marroquí Abdallah Laroui “a largo plazo, la ideología es menos poderosa que la sociología”. Es decir, que multitud de fuerzas sociales, políticas y económicas van modelando sobre el terreno y con el paso del tiempo las actitudes y el modo de pensar de las personas. Y estas fuerzas también afectan a la religión y a los fieles que la siguen. Esto es lo que ha llevado a afirmar al intelectual iraní Hamid Dabashi, de manera un tanto provocadora, que “el Islam es una abstracción”. Así pues, en último término, el Islam es lo que quieren o pueden hacer de él todos aquellos que se reconocen a sí mismos como musulmanes.
ORIENTALISMO OCCIDENTAL E ISLAM LIBERAL: ¿UNA DESCONFIANZA MUTUA?[1]
Abdallah Laroui[2]
Empezaré esta charla
narrándoles la historia de un español que vivía en la ciudad marroquí de Tánger.
Un día fue a ver al presidente del consejo local de ulemas [sabios] y le dijo: “me siento atraído por su religión
y la habría adoptado ya de no ser por una cuestión que me preocupa.” “¿Cuál
es?”, pregunto el ulema. “Soy
músico de profesión –respondió el español– y el Islam prohíbe la música”. “¿Quién
te dijo eso?”, replicó el ulema,
enojado. El aspirante a converso no respondió, simplemente sacó del bolsillo
una hoja de papel y se la dio al religioso, quien la leyó y lo comprendió todo.
Era el anuncio de un libro publicado recientemente por un profesor local. El ulema comenzó a explicar con
paciencia que el libro tenía cinco siglos de antigüedad y que trataba sobre una
controversia teológica conocida como “la
disputa del sama' [audición
musical]”, en la cual se discutía la manera en que el Corán debía ser leído
en público. Lo que estaba prohibido, al menos a los ojos de algunos clérigos,
era cantar los versículos del mensaje divino, pues el oyente podría sentirse
más atraído por la música que por el significado de las palabras. Sin embargo,
para el ulema pronto quedó
claro que estaba hablando en vano. Su visitante había descubierto en el
artículo exactamente lo que estaba esperando encontrar: un Islam más riguroso,
severo y duro que su propia religión. De lo contrario, su conversión no tendría
sentido. El tipo de Islam que el ulema
le estaba ofreciendo –sencillo, moderado, conciliador, ingenioso y sutil– no
era el verdadero.
Les cuento esta historia porque, con el reciente desarrollo del movimiento conocido como fundamentalismo islámico y el creciente número de publicaciones que tratan de explicar el significado de éste a los angustiados lectores occidentales, a menudo me veo en el papel de aquel pobre ulema de Tánger que hubo de hacer frente al visitante español.
Orientalismo
occidental
No tengo ninguna intención de abrir un nuevo capítulo en la vieja y a menudo gratuita campaña contra el orientalismo. En mi primer libro, La ideología árabe contemporánea[3], critiqué los trabajos de ciertos orientalistas, pero no porque fueran de inspiración occidental, sino más bien porque, a mi entender, mostraban demasiada simpatía hacia la tradición musulmana. Fui duro con Hamilton Gibb y Cantwell Smith porque sentía que eran injustos en su trato hacia algunos modernistas como Muhammad 'Abduh y Muhammad Iqbal. Comparen su actitud altiva con la más cautelosa y equilibrada del difunto profesor Albert Hourani y entonces entenderán mi brusca reacción. A lo que me refiero cuando hablo de orientalismo occidental es precisamente a esa actitud de Gibb y sus seguidores. Nunca he sido capaz de comprenderla adecuadamente y por eso he decidido hablar de ella con franqueza ante ustedes.
Hay, sin embargo, una razón más obvia para definir y tratar aparte el orientalismo occidental. En la actualidad existe una cantidad considerable de trabajos realizados por orientales en muchas partes del oriente geográfico, tanto próximo como lejano, y también en los países del hemisferio occidental. Tarde o temprano surgirán diferencias fundamentales entre los dos grupos que irán más allá de la oposición religiosa, política o metodológica. En mi opinión, la principal división será entre aquellos que dan por sentado ciertos valores e ideales que no son tan evidentes para los demás. Muchos orientales compartirán sin duda los valores occidentales y, por lo tanto, serán incluidos entre los orientalistas occidentales, mientras que muchos occidentales dudarán de su propia herencia e indudablemente serán excluidos de la congregación. El orientalismo es occidental, no porque predomine en los países de Occidente, aún siendo esto cierto hoy día en términos generales, sino porque comparte unos supuestos epistemológicos comunes.
Tomemos, por ejemplo, el libro publicado bajo los auspicios de la UNESCO y titulado Fundamentos filosóficos de los derechos humanos. Contiene dos artículos sobre el Islam, uno de un conocido profesor egipcio de filosofía, y el otro de un prolífico analista político de África Oriental. Ambos son decididamente occidentales en su enfoque, comparados con otros procedentes de la India y el Africa subsahariana. Nacionalidad, religión o lengua materna no son tan importantes como la perspectiva elegida por el escritor. El colaborador africano, un musulmán, presenta sus comentarios negativos sobre el Islam histórico a la luz de una valoración general del monoteísmo, pero lo que resulta sorprendente es que incluso esa crítica se hace en el marco del monoteísmo, ya sea éste antiguo o moderno. Incluso la llamada “paradoja del monoteísmo” utilizada por nuestro ensayista en un sentido diferente a como lo entiende Henry Corbin,[4] es una polémica invención de origen gnóstico y, por lo tanto, de origen cristiano. Lo verdaderamente innovador sería una crítica procedente de ámbitos realmente exóticos que no tuvieran relación previa con el mito de Abraham. Eso seguiría siendo orientalismo, pero no occidental.
El orientalismo es occidental cuando considera a Occidente no como un evento sino como una idea predestinada, completa y definitiva desde un principio. Y si parte de este punto, debe construir su materia o asunto de estudio como un objeto absoluta y totalmente diferente, reducido a la forma que tenía en su nacimiento. Las dos hipótesis están claramente relacionadas; si Occidente es una promesa cumplida, el no-Occidente debe ser algo incompleto e inesperado. Si el primero está predeterminado, el segundo es necesariamente accidental. En ambos casos es imposible concebir ningún proceso evolutivo. Los cambios positivos, cuando se detectan en Occidente, se basan en semillas preexistentes, pero son defectos, taras o faltas cuando se producen en el no-Occidente. Uno es un milagro bienvenido, que puede cambiar y seguir siendo él mismo, mientras que el otro, en particular el Islam, es un accidente no deseado, que no puede cambiar sin traicionarse a sí mismo.
Es evidente que estos supuestos los comparten el orientalismo occidental y el fundamentalismo islámico. Este último, antiguo o moderno, también se niega a estudiar seriamente la historia; considera a Occidente como un concepto dado de una vez y para siempre, y lo compara en todos los aspectos con lo que denomina “la verdad” o “el Islam puro”. La consecuencia directa de tal anacronismo es que los argumentos de ambas partes suelen ser oportunistas. El subjetivismo ecléctico es más evidente en los escritos islámicos sobre Occidente, pero también puede detectarse con facilidad en los trabajos orientalistas, incluso cuando no son abiertamente polémicos.
Después de haber aclarado –espero– a que me estoy refiriendo cuando hablo de orientalismo occidental, pasaré ahora a exponer el tema principal de esta charla. Quien afirme categóricamente que tal o cual sistema de valores occidental –ya sea el liberalismo, el racionalismo, el humanismo, etc.– es incompatible con el Islam, está hablando de teología y, por lo tanto, aunque tal vez pueda tener razón en su dominio –me refiero a la teología– eso no le da derecho en ningún caso a trasladar su discurso a la sociología o las ciencias políticas. Su afirmación sólo significa que Occidente, tal y como él lo define, nunca se encontrará con el no-Occidente. Veo la misma tautología en la llamada “singularidad del Islam”, y durante las últimas dos décadas mi principal preocupación ha sido la de hacer comprender esto al público musulmán. Continúo con esta misma batalla en circunstancias diferentes, pero empleando el mismo lenguaje y la misma lógica.
La nación-estado
A fin de aclarar mi posición, tomaré el ejemplo del Estado en el Islam contemporáneo. El Islam, se nos dice, vino a destruir antiquísimos imperios, injustos y corruptos, y a reemplazarlos por una comunidad (ummah) libre, igualitaria y temerosa de Dios. ¿Tuvo éxito a la hora de convertir esta noble ambición en una realidad duradera? Un historiador que se precie respondería “no” de manera inmediata y contundente, mientras que un teólogo o un jurista ignoraría los acontecimientos históricos y se centraría en analizar las condiciones de la da'wa (difusión de la fe). Tenemos, por un lado, una sucesión histórica de estados (duwwal) llamados “islámicos” y, por el otro, una teoría del califato bellamente descrita. Incluso en manos de un Mawardi, conocido por su realismo, el objetivo principal de esta teoría ha sido el de salvar las apariencias.
Hoy en día, como en el pasado, muchos hacen referencia a esta teoría para negar los hechos históricos. Durante la época colonial, administradores incultos y eruditos con formación coincidían en que los musulmanes no ven diferencia entre la tribu y la ummah y que nunca escucharán la llamada de una minoría occidentalizada para crear una hipotética nación-estado. Actualmente existe un poderoso movimiento que trabaja duro en muchas partes del mundo islámico para hacer desaparecer las instituciones territoriales y reemplazarlas por un Estado islámico universal. Por lo tanto, parece que, en efecto, existe un argumento para afirmar que el Islam no puede, en teoría y en la práctica, coexistir plenamente y en armonía con las normas de una nación-estado moderna.
Y, sin embargo, existen en la actualidad más de 40 estados que llamamos islámicos, ya sea porque la mayoría de su población es musulmana o porque son miembros oficiales de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), y no hay manera de entender cómo funcionan, de manera eficiente o no. No nos corresponde a nosotros juzgarlo a partir de la teoría islámica del Estado. Sin embargo, sí podemos detenernos en este punto y preguntar: ¿quién es tan insensato como para adoptar esta postura? En el debate actual sobre secularismo, democracia, derechos humanos, emancipación femenina, etc., no es raro encontrar personas que nos siguen ofreciendo la misma vieja teoría que, como ya he dicho, no se aplicó ni siquiera en la época de los primeros califas. Los gobernantes musulmanes, usando la misma táctica, siguen diciendo que el Islam permite esto o prohíbe aquello, a pesar de que el 90% de sus pueblos no están de acuerdo con ellos. Esta actitud sesgada, ahistórica y contraria a la experiencia suele justificarse por el hecho de que el Estado actual es el resultado de la dominación colonial y, por lo tanto, no puede ser considerado como auténticamente islámico. Sin embargo, esto no siempre es cierto, y en muchos casos detectamos una continuidad histórica innegable. Después de todo, el movimiento conocido como shu'ubiyya es mucho más antiguo que la expansión colonial de Europa Occidental.[5]
Es muy probable que el estado-nación de hoy en día –creado o no por el colonialismo, aceptado o no por la mayoría de la población, legítimo o no a ojos de muchos ideólogos locales– haya llegado para quedarse. Cualquier juicio sobre su ilegitimidad intrínseca y, por lo tanto, su debilidad política, sería puro prejuicio. Semejante actitud tan común entre algunos estudiosos occidentales parece aún más extraña cuando la comparamos con la de los académicos que trabajan en otras zonas, como por ejemplo, los países ex-comunistas. Durante el periodo bolchevique también existía una teoría política que se negaba a aceptar la realidad de la nación-estado, la cual, en esa zona, también fue el resultado de las manipulaciones imperialistas, incluso en algunos casos, como Bohemia o Rumania, donde encontramos un cierto grado de continuidad histórica. El Estado comunista universal, esa especie de “califato” cooptativo y ateo, gobernó la región durante décadas –en el siglo XX, no en un pasado remoto– con los poderosos medios de la tecnología moderna, no con los recursos limitados de la época medieval. Sin embargo, incluso en el apogeo de su poder, los estudiosos occidentales nunca olvidaron que la nación-estado estaba allí, moldeando bajo la superficie el futuro de la región. Cuando por fin el aparentemente indestructible partido del proletariado se hundió de manera inesperada, descubrieron lo que siempre habían sospechado que estaba allí.
De modo que tenemos dos actitudes diferentes: un firme rechazo de la teoría y una fácil aceptación de la realidad en un caso, y una ciega afirmación de la teoría y un rechazo constante de los hechos en el otro. Esto muestra otro aspecto de un fundamentalismo que yo llamo occidental, incluso cuando es practicado por orientales.
La terrible experiencia de Muhammad 'Abduh
En un libro que escribí hace 30 años elegí a Muhammad 'Abduh como prototipo del sheij [maestro], en oposición a Lufty Sayyid, el político liberal, y Salama Musa, el elocuente defensor del cientificismo y el tecnicismo.[6] Al mismo tiempo, subrayé que cada uno de los tres tipos ideales atraviesa necesariamente por muchos cambios, a medida que el Estado local pasa de la tutela colonial a la independencia y las instituciones parlamentarias, y en una etapa posterior entra en la senda del nacionalismo. Bajo el dominio colonial, los tres fueron influenciados por el clima general de la época, siendo imbuidos de valores liberales. Lo que caracteriza al sheij es su esfuerzo constante por encontrar una base tradicional para sus ideales recién adquiridos. Es este giro ideológico permanente lo que les parecía inaceptable a Gibb y sus estudiantes.
Nunca he intentado ocultar este aspecto que condujo a 'Abduh a numerosas contradicciones y superficialidades, y que probablemente le impidió afrontar una reforma profunda del Islam; pero estos defectos, que podrían atribuirse a las circunstancias, fueron en mi opinión compensados en gran medida por cualidades muy evidentes: compromiso, independencia y curiosidad intelectuales, constancia, etc. Tenía un conocimiento detallado de la tradición filosófica y teológica del Islam, al contrario que muchos sheijs de hoy en día, y aunque su comprensión de la tradición occidental era deficiente, al menos lo sabía e intentó remediarlo con valentía y una mentalidad abierta, más de lo que se puede decir de la mayoría de los ideólogos islamistas actuales. Esta opinión positiva acerca de 'Abduh prevalecía en los círculos académicos árabes cuando escribí mi primer libro.
Hace muy poco volví sobre el mismo asunto y me sorprendí al encontrar un cambio completo de actitud. Naturalmente, yo sabía de antemano que las soluciones propuestas por 'Abduh un siglo antes no se adecuaban ya a las condiciones actuales, y que la valoración de los académicos más jóvenes sería más crítica. Sin embargo, lo que encontré fue de una naturaleza diferente. La condena moral y el reproche político han reemplazado a la crítica racional. Contradictorio, derrotista, hipócrita, oportunista, colaboracionista, infiel o librepensador son algunos de los términos más suaves empleados por sus detractores. Hoy en día es presentado como si él hubiera sido el único obstáculo para una auténtica y duradera reforma del Islam, como si deliberadamente hubiera hecho el juego a los enemigos de su fe.
No estoy diciendo que esta reacción violenta se haya debido a la crítica negativa de Gibb, en su célebre libro de 1947, Modern Trends in Islam (Tendencias modernas en el Islam), incluso si muchos de los críticos de 'Abduh dependen en gran medida de ese estudio en particular, aunque no hagan referencia al mismo, como es habitual. Lo que sí digo es que la opinión negativa de Gibb sobre los reformistas islámicos del periodo liberal, así como su rechazo de cualquier viso de originalidad en Ibn Jaldun, anunció una nueva era en los estudios occidentales sobre el Islam. De repente, a mediados del siglo XX, el interés se desplazó de la filosofía a la teología, de la literatura a la ley, de las “escuelas marginales” al “Islam ortodoxo”. Se descubrió que, después de todo, los mu'tazila no fueron tan liberales como parecían al principio, que al-Ghazali fue un verdadero filósofo y no solo un consumado polemista, que al-Ash'ari fue más consistente en su pensamiento que su mentor mu'tazila, o que el credo literalista de Ibn Hanbal o de Ibn Hazm fue la única interpretación aceptable del Corán y la Sunna. De este modo, a los peores enemigos de la filosofía se les concedió el estatus de grandes filósofos o de pensadores profundos. La razón que subyace detrás de este cambio es en apariencia convincente: ¿Por qué deberíamos conceder tanta importancia a escuelas que desaparecieron hace mucho tiempo y que no dejaron ninguna huella perceptible en la vida islámica actual?
Sin embargo, lo que debemos destacar aquí es que el mismo cambio también puede detectarse en los círculos islámicos. ¿Se trata de una simple coincidencia? No resulta fácil contestar a esta pregunta. No me estoy refiriendo a los centros del saber tradicional, como al-Azhar o al-Qarawiyyin, sino a las universidades de reciente creación, donde muchos profesores son europeos o se han educado en Europa. ¿Quién sostiene que los falasifa (filósofos), al menos los idealistas (ilahiyun), pueden salvarse de la condenación eterna? Muhammad 'Abduh. ¿Y quién sostiene que nunca podrán salvarse? Suleiman Dinia, el poderoso editor de Avicena y Averroes.
Después de todo, sabemos a ciencia cierta que Ghazali obtuvo la victoria frente a sus adversarios, que el legalismo (athar, ta'sil) derrotó a la interpretación racional (ra', ta'wil), que la historia de la jurisprudencia (fiqh) revela un predominio cada vez mayor de las escuelas literalistas y fideístas. La historiografía muestra en todos los ámbitos una tendencia opuesta a lo que resulta habitual en la historia europea moderna: el paso del tiempo refuerza el pensamiento tradicionalista en lugar de debilitarlo, y esta tradición constantemente revivida se atribuye a los orígenes mismos, lo que hace que el tiempo parezca inmóvil o circular. Este tipo de involución tiene que ser descubierto tarde o temprano. Los expertos occidentales, que en un primer momento no fueron conscientes de esta particularidad, exageraron la importancia de las corrientes de pensamiento que les resultaban familiares, en el sentido de que en ellas reconocían un episodio de su propia historia; pero, poco a poco, forzados a reconocer esta realidad concreta, intentaron darle sentido.
Partiendo de este esquema sería fácil deducir que hemos identificado tres movimientos independientes. Uno es puramente islámico y tuvo lugar en un pasado distante, otro también es islámico, pero más reciente, y el tercero es igualmente reciente, pero afecta al saber occidental. Los tres apuntan hacia la derrota de las tendencias racionales y liberales a manos de la tradición literalista que domina en la actualidad. Este acuerdo suele considerarse como un criterio de “verdad objetiva”. No obstante, si éste hubiera sido el caso, debería haber servido para una reconciliación general. Los eruditos musulmanes tendrían que haber felicitado a sus colegas de Occidente, y todo el colectivo debería haber trabajado en armonía desde entonces para defender el “Islam puro e inmutable”. Y sin embargo, ¿por qué tenemos una imagen tan diferente?
La otra perspectiva
En la historia, los acontecimientos suelen ser bastante equívocos. Los movimientos que acabamos de mencionar no son tan independientes como parecen. Aquí no estamos comparando religiones tan distantes en el tiempo y en el espacio como, por ejemplo, el Confucionismo y el Judaísmo, sino el Islam y el Cristianismo, siempre en contacto y siempre en conflicto. No podemos afirmar simplemente que el Occidente cristiano evolucionó desde la tradición hacia el liberalismo, mientras el Islam, por una especie de movimiento compensatorio, tomó la dirección opuesta, pues ninguna de estas dos afirmaciones serían del todo ciertas.
Imaginemos por un momento algo bastante posible, aunque resulte improbable hoy en día, al menos en el mundo árabe: la creación de un instituto para el estudio de la historia religiosa occidental. Supongamos además que los expertos que trabajan en dicho instituto están profundamente influenciados por el romanticismo metafísico de Alemania y por el vigoroso neocatolicismo de la Francia y la Inglaterra del siglo XIX. ¿No sería natural para ellos deducir que la Reforma luterana ha fracasado, y que el sistema de la Contrarreforma es más consistente desde el punto de vista intelectual y más gratificante para el alma humana? Por otra parte, el contemplar la profunda influencia del pensamiento ortodoxo ruso entre los intelectuales occidentales de la segunda mitad del siglo XIX, ¿no induciría a estos expertos a ir más allá y afirmar que la indulgente y acomodaticia Iglesia de Roma ha traicionado el verdadero mensaje cristiano? Algo de esto ha sido afirmado de un modo explícito por Henry Corbin, quien trabajó en un instituto muy activo en el Irán prerrevolucionario. Esta reconstrucción de la historia religiosa de Occidente no es una mera fantasía; podría documentarse en muchos aspectos y recibir el apoyo de grandes nombres de la filosofía y la literatura. Resultaría aceptable para algunos estudiosos occidentales serios. La gran mayoría, sin embargo, la rechazaría. Dirían que el liberalismo puede parecer contradictorio y puede haber sido derrotado a juicio de muchos profesores de filosofía, pero todavía está vivo y sano; ha existido durante los dos últimos siglos y sigue siendo el factor dominante en el terreno económico, social y político.
Lo único que este argumento implica es que no existe una correlación absoluta entre las incoherencias lógicas, la quiebra intelectual y el predominio y la longevidad históricos. El liberalismo se expresa en términos religiosos como deísmo, secularismo, individualismo y moralismo; puede ser superficial y débil, y puede perder todas las batallas en las aulas –incluidas las madrazas–, pero sigue triunfando fuera, en el mercado.
Si este argumento es aceptable en un contexto occidental, debería ser aceptado también cuando se refiere al Islam. Ninguna prueba extraída de trabajos antiguos o modernos podría justificar nunca la afirmación de que el Islam liberal es inviable solo porque encarna una contradicción lógica. El neohanbalismo, tan popular hoy en día entre algunos intelectuales, puede ser coherente en teoría y sin embargo resultar inadecuado para nuestro tiempo, mientras que el neomu'talizilismo, contradictorio desde un punto de vista lógico a ojos de muchos, bien podría ser adecuado para nuestra situación actual.
Si el Islam liberal permanece mudo o le resulta difícil expresarse hoy en día, aún siendo la probable elección de la mayoría de las personas con cierta educación –los que pueden entender su lenguaje, pero, reconozcámoslo, representan menos de la mitad de la población– no es porque la experiencia haya demostrado que es incompatible con los cinco pilares de la fe o porque desfigure el mensaje del Profeta acerca de la absoluta transcendencia divina. En mi opinión, se debe únicamente a que hasta ahora no ha sido capaz de contar con el apoyo conjunto de la riqueza, la ciencia y la tecnología, las tres fuerzas revolucionarias que van de la mano en cualquier tipo de desarrollo económico a largo plazo.
Nadie se inquieta por un posible despertar del Sintoísmo, el Budismo o el Confucianismo en Asia, pues todo el mundo puede ver por sí mismo que los pueblos de la región tienen otras preocupaciones. “Dios no ha puesto dos corazones en el pecho de ningún hombre”, dice el Corán (XXXIII, 4). En esta premisa se ha basado la “benévola política” de Occidente hacia sus antiguos enemigos en la zona, política que hasta ahora parece haber funcionado perfectamente. ¿Por qué no ampliarla a otras áreas?
El Islam liberal
Lo que estoy tratando de decir es simplemente esto: afirmaciones como “el Islam y la democracia son incompatibles” o “el Islam es en esencia fundamentalista, mientas que las otras religiones solo lo son en ocasiones”, no significan más que “el liberalismo contradice al dogmatismo”, lo cual es cierto y trivial. Una simple idea, por poderosa que haya podido ser en el pasado o por influyente que pueda seguir siendo en el presente, no puede por sí misma impedir que un pueblo adopte el liberalismo y la democracia. Solo una fuerza material puede detener a otras fuerzas que operan en una determinada sociedad.
En mi opinión, el Islam liberal significa algo más que un Islam tolerante o moderado; ésa es la razón por la cual no puedo decir de buena fe que ya exista o que sea inminente en algún lugar del mundo islámico. La gente centra su atención en detalles como el matrimonio, los derechos humanos, el laicismo, etc., y parece pensar que ésos son los contenidos que debería abordar el Islam liberal. Aquí se produce, en mi opinión, una confusión entre reforma religiosa y revolución política. Incluso cuando el dogma y la ley están estrechamente vinculados, hay maneras de introducir reformas sin alterar el dogma (aqida), apelando a la necesidad temporal (darura) o a la conveniencia (maslaha, istihsan).
Por Islam liberal me refiero a algo muy diferente; algo que no me exige detallar las reformas que me gustaría ver en las sociedades islámicas. Yo defino como liberal una situación en la que la sociedad es libre para actuar de manera amplia de acuerdo a sus propias reglas; no hablo de sus “reglas específicas”, pues éste es un ardid habitual de los tradicionalistas. Creo que, en circunstancias donde se producen cambios rápidos, solo tenemos que abrir los ojos para convencernos de que la sociedad no obedece nuestras órdenes, incluso cuando creemos que, en último término, éstas proceden de Dios. Reconocer este hecho supone una revolución mental, que yo llamo qati'a (ruptura, divorcio), la cual abre todas las puertas. Todo se vuelve posible. Así entiendo lo que sucedió hace pocos años en Rusia, y antes en España. Lo que economistas y estadísticos llaman “transición” en estos dos países a mí me parece que es una mera traducción de la siguiente afirmación: a largo plazo, la ideología es menos poderosa que la sociología. Tan pronto como se reconoce este hecho, las reformas antes mencionadas se hacen inevitables porque están al servicio de los intereses de todos, incluyendo los de quienes se oponen a ellas por motivos ideológicos. Desde este punto de vista, no veo tanto la preeminencia de una da'wa (mensaje religioso) o el dominio de una élite clerical en los países islámicos, como la consecuencia directa de la pobreza y el atraso económico.
Llegados a este punto, muchos podrían plantear lo siguiente: ¿acaso no son precisamente las naciones con poderosos movimientos islamistas las que han experimentado un desarrollo demasiado rápido? Mi sensación es que el desarrollo económico de esos países, aunque sin duda fue fuerte y rápido, no duró lo suficiente como para provocar un cambio general e irreversible. Además, se vio debilitado –tal vez de manera involuntaria– por una política cultural disonante. El Islam político se fomentó en dichos países mucho antes de que los dirigentes locales se dieran cuenta de su error y se enemistaran con los partidarios del islamismo.
Sin embargo, Occidente no sigue la misma política cuando se trata del desarrollo económico de las naciones no occidentales. Dicho desarrollo es considerado como un paso necesario para la liberalización y, por lo tanto, se fomenta activamente en China, Europa Oriental, etc., mientras se percibe como una amenaza cuando se trata de los países islámicos, incluso antes de que los peores augurios se hagan realidad.
La caída del muro de Berlín no se debió tanto a la política de contención, el bloqueo o la propaganda como a una acertada política de préstamos a largo plazo, libre comercio y mejora de los intercambios culturales. La misma estrategia podría asegurar los mismos resultados en otros lugares. Tarde o temprano, una sociedad en vías de desarrollo se libera de las ideas y los ideales que ya no corresponden a sus nuevas aspiraciones.
Es probable que esta evolución ocurra más fácilmente en los países ayam [no árabes] de Asia que en el Oriente Medio árabe o el norte de África, no porque los primeros sean menos religiosos, sino simplemente porque, en conjunto, estos últimos no reúnen las mejores condiciones, las cuales no es necesario detallar aquí. En ciertos lugares del vasto mundo islámico, al ver lo que ocurrirá en algún momento del futuro, cuando la ley de la sociedad prevalezca por fin sobre los preceptos de la tradición y los mandatos de la ideología, estoy seguro de que muchos, al igual que ahora, se lamentarán por la asombrosa conducta del algunas naciones asiáticas. Sin embargo, las semillas siempre estuvieron allí, aunque no fuéramos capaces de verlas antes. Ahora nos damos cuenta y lo celebramos.
[1] Conferencia pronunciada en
Providence (Rhode Island, EE.UU.), durante la reunión anual de la Middle East
Studies Association. Publicado en Middle East Studies Association
Bulletin, vol. 31, nº 1, julio de 1997. Traducción
y adaptación al castellano elaboradas por el equipo de traductores de Alif
Nûn. Artículo publicado en dos partes, en la revista
online Alif Nûn nos 96
(septiembre de 2011) y 97 (octubre de 2011). Todas las notas son de la
Redacción de Alif Nûn.
[2] Nacido en Azemmour (Marruecos), en 1933, es un historiador y profesor universitario que ha impartido
conferencias por todo el Magreb, Oriente Medio, Europa y Norteamérica. Es
miembro de la Real Academia de Marruecos y autor de varias novelas y multitud
de ensayos. También formó parte de los servicios diplomáticos marroquíes en
calidad de Consejero del Ministerio de Asuntos Extranjeros en El Cairo y París.
[3] Véase La ideología
árabe contemporánea. Trad. Miguel Bayón. Madrid, 1976, Miguel Castellote Editor.
[4] Véase Henry Corbin, La
paradoja del monoteísmo, Losada, Madrid, 2003.
[5] El movimiento shu'ubiyya (الشعوبية) –del árabe shu'ub (شعب)
que significa “nación” o “pueblo”– surgió en los primeros siglos del Islam
entre las poblaciones islamizadas de origen no árabe. Dicho movimiento
rechazaba la superioridad de los árabes y desembocó en la creación de una poderosa
conciencia nacional, sobre todo entre los persas.
[6] Véase العرب والفكر التاريخي (Los árabes y el pensamiento histórico). 1973, Beirut: dar al-haqiqa.